Luna

Luna
"Esta noche me encamararé a la luna, me instalaré en su cruasan como si estuviera en una hamaca y no tendré ninguna necesidad de dormir para SOÑAR"- La Mecánica del Corazón-

martes, 27 de diciembre de 2011

Y una sola nube cubrió todo el cielo... (1)


Ese momento… el momento de subirse al carro del cansancio para dejarse llevar por el camino del sueño. La habitación estaba tan oscura como lo estaba la calle. A penas se colaba por la ventana la luz sumisa de una farola.
Yo, atrapada entre sábanas de algodón me acomodé en la cama, el cuerpo dirigido hacia el techo, los párpados cerrados con llave y de repente… en mis manos comenzó a nacer el recuerdo, como lo hacen las raíces de las plantas. Pronto comienzan a crecer a desarrollarse, bifurcarse y ramificarse hasta buscar así los minerales ocultos bajo el cementado suelo.

En mis manos comenzó a nacer el recuerdo, repito, el recuerdo de tu tacto tibio, ese tacto que irradiaba calor a estas manos  siempre frías. Y mis ojos, mis ojos cerrados, empezaron a mirar fijamente a tus ojos del color de la tierra mojada... Tus ojos siempre francos, sinceros, con matrícula de honor en el lenguaje de los gestos ópticos, tus ojos que siempre me chivan que, todo va a salir bien, aunque ahí fuera, fuera de ti y de mí, estallen huracanes, volcanes o caigan meteoritos del tamaño de América, me da igual, si tus ojos miran a mis ojos.
Y de pronto, la sensación de no tenerte me hizo despertar. Con agonía en la garganta y con el impulso de mirar tras la ventana. El cristal traslúcido me ofreció el paisaje de un pueblo oscuro, silencioso y frío.
El cielo parecía cubierto de una enorme nube gris de su misma extensión.
Ni si quiera el farol lunar ofrecía su luz prestada del sol. Estaba ausente en aquella noche, ausente como muchas otras cosas…

Entonces comprendí claramente lo que sucedía. Una voz convencida en mi cabeza me invitó a interrumpir la calma de aquella noche. Bajé a la calle con lo puesto; un fino camisón blanco, el pelo alborotado y con el frío abrazado a la piel. Cualquiera que me observara pensaría que había escapado de algún centro psiquiátrico. Quizás lo necesitara.
Comencé a correr deprisa por la carretera central. Con el frío golpeándome en la cara como puños del campeón de boxeo y el corazón a punto de descarrilarse por mi boca.
Y de repente allí estaba, allí en frente mía, la avenida de la playa… dejé de correr y sin perder el ritmo me acerqué a la estatua del pescador que yacía entre las garras del mar. Unas inmensas olas lo rodeaban, lo apresaban. Esa estatua me producía el mayor de los terrores. El gesto de la faz de aquel muchacho que alzaba su mano al frente pidiendo socorro a alguna persona que jamás apareció. Quedé petrificada una vez más ante aquella escultura mientras las olas del mar rompían de forma estrepitosa, ensordeciendo mis oídos y dejándome aún más al margen de mi exterior.

De pronto observé en el suelo unas huellas negras que dibujaban su rastro alrededor mía y de la estatua conformando un círculo para romperlo después adentrándose en la arena. Pude comprobar que aquellas huellas estaban mojadas. Fuera lo que fuera aquello que me hacía compañía, había salido del agua.

Seguí aquellas deformes pisadas introduciéndome en la playa. Pasando casi de puntillas sobre aquella arena tan fría como un témpano de hielo. Estaba todo desértico.

De repente, interrumpiendo mis confusos pensamientos, me alarmé al escuchar un gemido tras de mí.
Al darme la vuelta, logré divisar un bulto tendido en la arena, bajo la sombra que le ofrecía una gran roca. No sabía si correr hacia allí o marcharme de vuelta hacia mi casa. De pronto del corazón y no mi cerebro empezó a darle órdenes a este cuerpo de que tomara dirección a aquel bulto.

-        ¡Eres tú!- grité corriendo a su encuentro. Caí de rodillas a su lado y lo apoyé en mi pecho. Tenía los cabellos más largos, los aparté de su rostro y acaricié su mejilla besándole por todas partes. No reaccionaba ni si quiera abría los ojos, estaba empapado y blanco como un papel aún virgen. La ropa fina y desgarrada no le ofrecía ni un mínimo de cobijo. Empecé a balancearlo y a estrujarlo todo lo posible contra mi cuerpo, para regalarle el calor que había perdido – Has venido ¿eh?, aún cuando tus ojos desacreditaban a tus palabras cuando decías que había esperanza.

Él seguía mudo, sin alzar ni una palabra. Despacio abrió los ojos y al verme, esbozó una sonrisa que dolía, que aún me duele.

-        Intento cumplir siempre mis promesas- susurró despacio y con la voz quebrada.

Lo abracé riendo casi a carcajadas. El amor de mi vida estaba allí, entre mis brazos. Intentaba darle al menos el básico suministro de calor para llevarlo a mi casa y allí ofrecerle un puesto junto a la chimenea cubierto de numerosas mantas.

-        No puedo adentrarme en el pueblo Allison- dijo sin apartar sus ojos de los míos. Mi rostro se quebró de duda.
-        Pero… ¿qué estás diciendo Izan?- dije incrédula.

Izan se fue incorporando poco a poco hasta sentarse a mi altura. Apoyó sus dos manos en mi hombro y me miró de tal forma que empecé a preocuparme.

-        Alli, hay algo que no sabes, algo que ha cambiado mi vida para siempre- dijo. Miró hacia otro lado y tragó saliva- Ese algo, fue la causa de que tuviera que desaparecer de aquí.
-        Me estás asustando Izan… dime lo que sea pero hazlo ya por favor- él seguía con aquella mirada clavada en mis ojos y con sus manos en mis hombros.
-        Hay un hombre en el pueblo que quiere algo de mí, algo que no puedo darle, porque no lo tengo.
-        ¿Y qué es ese algo?, ¿dinero?
-        No, no…
-        ¿Entonces?, Dime Izan, dime- insistí. El silencio se apoderó del lugar, se calmó incluso la marea, que también quiso escuchar aquella respuesta.
-        Mi alma…








domingo, 20 de noviembre de 2011

"SI NO EXISTE, LA INVENTAREMOS"


Era un desequilibrado. No porque fuera poco sensato o poco cuerdo, aunque a veces pareciera un loco. Sino porque… nunca caminaba en línea recta. Su movimiento natural era haciendo irregulares zigs zags. Incluso necesitaba que hubiera siempre una pared a su lado, alguna papelera o una señal de tráfico como objeto de apoyo. Su falta de equilibrio a menudo le hacía tambalearse y alguna que otra vez, caer al suelo… algunos llaman a esto…; ser patoso.

Lo que más admiraba en las personas eran sus defectos. Sí, suena un poco raro… pero le fascinaban los defectos de los humanos porque son, precisamente, lo que les hace ser únicos e inigualables. Le encantaba el tartamudeo del panadero, o el tic nervioso de los ojos del campanero, o esa gran mancha con forma de interrogación en el cuello de la costurera. Todas aquellas cosas que a los humanos les acomplejaban él… las adoraba y las guardaría en una cajita para que no se perdieran jamás de los jamases. Quizás, esta extraña actitud le vendría desde que era pequeño. Los demás niños solían reírse de sus gafas gruesas y de su rizado y alborotado pelo… sin embargo, era él quien no se quería cortar los cabellos y quien había escogido esas gafas en la antigua óptica del pueblo, decidió así por el impulso; ser raro.

Le encantaba el acto de llorar de la risa. Ver como dos modos de expresión significativos para dos sentimientos totalmente dispares podían atravesar barreras enormes como el muro de Berlín e ir juntas de la mano, paseándose por todo el cuerpo de los seres humanos. Llenándolos de una absoluta felicidad que se podría calificar de absurda. Siempre que veía que alguien lloraba de la risa, se paraba ensimismado a apreciar dicho acto. Los miraba de cerca, sin ningún tipo de reparo. Analizando cada carcajada, cada contracción de los músculos abdominales, cada pliegue de la sonrisa, cada gota de bendita lluvia que brotaba del precipicio de los ojos…

Pero… había algo que le encantaba aún más. El misterio que escondía una muchacha que vivía en el mundo encarcelado de su cuarto, a lo alto de una torre. Que lo único que dejaba ver era su mano blanca cuando corría rápidamente la cortina, para no ser vista.
Imaginaba que esa muchacha tenía el mayor defecto de todos; el de ser perfecta… y no había nada más que lo atrajera tanto que un defecto tan grande.

Era tal su obsesión que comenzó a tomar medidas de la altura de aquel edificio. Ideó un metro especial para hacerlo. Una vez tomada la medida comenzó a crear una escalera de madera. Era tan grande, tan grande, tan grande… que bromeaba para sus adentros diciendo que podría llegar a la luna.
No sabía que hacer para que, una vez haber subido a la ventana, la muchacha no creyera que era un loco. Pero, como no se le ocurría nada… una noche de viernes, decidió cargar con su escalera y atreverse a llegar a lo alto de la torre a descubrir una de las siete maravillas del mundo…

La calle estaba desierta… no se escuchaba ruido alguno sino el latido potente de su corazón. Nunca había sido un muchacho decidido como lo estaba siendo ahora, sin embargo, al llegar a la ventana una brutal fuerza hizo que se quedara paralizado, tanto cerebral como corporalmente… ni siquiera un rizo de su cabello de balanceaba. Hasta que miró al suelo, lo que le recordó el vértigo horrible que sufría y terminó cayendo hacia el interior de la habitación.

Y allí estaba; la habitación a oscuras excepto en el centro de la misma que se encontraba invadida por un foco de luz lunar.
Nuestro desequilibrado; Julian, paseó casi de puntillas hasta llegar a aquel punto de luz. Bajo el resplandor se encontraba una cama enorme, como para doble matrimonio y entre sus sábanas soñaba lo que parecía ser una muchacha. Se acercó lo suficiente, lo suficiente como para poder besarla…
Tenía por cabello un campo de trigo en pleno verano iluminado por el sol de la mañana y su piel era tan blanca como la espuma de una ola que rompe. Y sus ojos… ¿cómo serían sus ojos?

La muchacha comenzó a hacer muecas extrañas con su rostro, que si fruncir el ceño, ladear la cabeza y de pronto, tan inesperadamente como una estrella fugaz en medio del cielo, abrió los ojos:

-         ¡Azules!- Gritó Julian triunfante- Sabía que serían azules.

La muchacha registró una cara de terror y se recogió enseguida en la cama para quedar lo más lejos posible de Julian.

-         ¿Qué hace usted aquí?, ¿Qué quiere?- Dijo desconcertada la muchacha. Aún en su empeño de alejarse de Julian.
-         Soy; el cuenta cuentos del pueblo y todas las noches asalto los hogares de aquellos remolones que no pueden dormir y les cuento una historia fantástica, de esas que sólo pueden tener lugar en los sueños, lo que hace que el ser humano quiera hasta soñar despierto.

La muchacha no tardó en responder:

-         Mentiroso. Además yo ya tenía el sueño conciliado y usted no es un cuenta cuentos, usted está siempre inventando cacharros sin éxito, lo observo siempre desde la ventana.
-         ¡Así que me espía!- se indignó y a su vez se alegró el desequilibrado Julian- Me observa siempre desde la ventana pero... ¿no le da vergüenza?

Esta vez sus palabras sonaron más a indignación pero en su interior corría la alegría de norte a sur.

-         No lo espío a usted, egocéntrico, engreído. Observo al pueblo, a la calle y usted en diversas ocasiones forma parte de dicho paisaje- dijo, con seguridad en sus palabras.
-         He de reconocer que eso tiene mucho más sentido. Pero usted solamente conoce mi faceta diurna, por las noches me empleo a fondo para contar cuentos de tal forma que, pretendo escoger las palabras adecuadas para que al oyente no le cueste imaginar, sino que parezca que está viendo aquello que le cuento justo en frente suya- fue bajando la voz a medida que desarrollaba su discurso.

La muchacha se vio de repente convencida y abandonó su afán de alejarse de Julian intrigada por aquellas palabras.

-         Yo soy experta en eso. Me ocurre cuando leo alguno de estos libros- señaló un estante enorme repleto de ejemplares. Julian se quedó boquiabierto.
-          A ver si va a tener que contarme los cuentos usted a mí y no a la inversa- ella sonrió bajando la mirada.
-         Pero, intento no volver a leerlos porque… ocurre precisamente lo que usted acaba de describir. Las fantásticas historias nos invitan a soñar, a imaginar, a creer, que algo así de maravilloso nos espera a nosotros también. Pero, pasan los días y nada extraordinario ocurre.
-         ¿Qué es aquello que ha soñado y todavía no ha visto cumplido?

Pensó en alto Julian pues, eso era lo único que quería saber en ese instante, ese instante en el que se encontraba bajo la mirada de unos profundos y húmedos ojos azules. Inventaría lo que no se puede inventar por ver el sueño de aquella muchacha cumplido. Ella, selló sus labios pero sus ojos hablaron, hablaron cuando miraron hacia la ventana con una expresión de infinita nostalgia.

-         ¿No eras un cuenta cuentos?- dijo irritada- pues comienza anda que me has robado el sueño- se acurrucó en la cama.
-         Muy bien señorita; Érase una vez…- Julian se encargó de devolverle el sueño. La observó triste, no, triste no es la palabra, sino melancólico… Ella no era feliz y eso le hacía infeliz a él, se empezó a sentir como incompleto.

Pronto las visitas nocturnas a lo alto de la torre comenzaron a hacerse cotidianas, como desayunar por la mañana. Julian siempre le contaba historias relacionadas con el pueblo, con la superficie, el campo, la libertad…

-         Es cierto Lena- así se llamaba ella- lo mejor del mundo es tomarse una ducha de lluvia. Jugar a no resbalarse por las calles mojadas, saltar los charcos y creer que vamos a hidratarnos a cuentagotas, con la boca abierta y la cabeza dirigida al cielo.
-         No lo creo, la gente cuando hace eso amanece a la mañana siguiente con un catarro infernal, a nadie le gusta estar enfermo.
-         Las personas cuando hacen eso no piensan en el mañana, se trata de vivir el momento con la pasión que se viviría en un último día de existencia.

De nuevo esa mirada al suelo habitual de Lena. A lo largo de todos estos días, semanas, meses… la relación entre Julian y Lena se había estrechado tanto o más que un apretón de manos. Por este motivo, Julian formuló la pregunta que desde hacía tanto tiempo hubiera querido hacerla:

-         Lena… ¿por qué nunca has bajado al pueblo?, ¿Por qué nunca has salido de esta torre?- Lena dirigió sus ojos azules a los ojos oscuros de Julian.
-         Mi piel está enferma, es demasiado clara para sentir una mínima caricia del sol. Paso horas pensando en qué se siente al estar bajo el gran astro, qué es tener calor… qué invita a la gente a abanicarse o a reposar en alguna sombra. Por eso no, no puedo bajar a la calle ni siquiera cuando las nubes ocultan el sol. No existe remedio, ni cura alguna…

Se miraron a los ojos, y mantuvieron un diálogo rebosante de franqueza:

-         Si no existe, la inventaremos- dijo él con una sonrisa curativa en el rostro.
-         Claro, olvidaba que eras inventor- dijo ella en tono burlón y sonriendo ilusa.
-         Hablo en serio. Verás, no puedes bajar a la calle durante el día cierto ¿no?
-         Sí…
-         ¿Qué ocurriría si salieras durante la noche? Nada, porque el sol estaría alumbrando al otro lado del mundo…
-         Olvidas que la noche está destinada al descanso, sería como vivir a contra natura, sería desajustar el reloj biológico.
-         Porque tú lo digas.
-         ¿Cómo?- dijo incrédula.
-         Creo que si pasas un solo día más encerrada en esta torre caerás enferma, pero enferma de una pena tan profunda que no podrás ni levantarte de la cama y eso es tal problema… y querida Lena, a problema que se plantea, problema al que hay que buscarle una solución. Vivir durante la noche no es para nada antinatural, es más forma parte de la naturaleza de muchos seres. Los murciélagos, por  ejemplo, pasan el día encerrados en cuevas y cavernas para evitar la desecación corporal y salen al exterior durante la noche. Ya vez, tienes mucho en común con estos mamíferos capaces de volar. Cambiarás tu reloj biológico, la luna será tu sol y el sol tu luna. No estarás sola en este  invento, yo, como su hacedor, te acompañaré en esta aventura. Además, este es sólo el principio, una tregua donde tú puedas disfrutar del mundo y yo pueda mientras investigar sobre algún objeto protector para tu piel…
-         Esto… Julian, yo no sé si esto funcionará… no sé…
-         ¿Funcionar? Olerás de cerca la tierra mojada, pisarás la hierba, te soplará el viento en la cara… ¡vivirás!
-         Pero… ¿qué pasa contigo?, ¿cambiarás tu reloj biológico?, es demasiado… demasiadas molestias.
-         ¿Bromeas? Desde que te conocí decidí abandonar casi inconscientemente el papel protagonista de mi propia historia; mi vida. Ese papel pronto fue a parar a tus manos, y quiero todo lo bueno y fascinante de esta vida para ti. Hace tiempo me prometí cumplir tu sueño.
-         El día que te conocí, Julian, cuando te adentraste en mi habitación, tengo que confesarte que; fue el primer día de mi vida. Tú ya has cumplido mi sueño…

No ocurre todos los días, no. Dos seres individuales que se creen extraños, diferentes, raros… dos seres que se encuentran, se descubren como a un tesoro y abandonan esa máscara de rarezas. Dos seres trasplantados, pues, no sé cómo, desde que comenzaron la tarea de conocerse, el corazón de él no está en su pecho no, sino en el de ella y a la inversa. No ocurre todos los días eso de, vivir por el otro… eso que, casi sin quererlo les hace ser mejor persona. Julian parecía haber crecido dos metros, tanto en altura como en la anchura de su sonrisa. A ella le ocurría lo mismo. La tomó de la mano y la llevó hacia la ventana. La abrió de par en par y una brisa de aire golpeó la cara de Lena. Ella con los ojos cerrados, la sonrisa encendida y el corazón con prisas. Él sin apartar la vista de encima de Lena:

-         ¿Sabes lo mejor de esto?- dijo él.
-         ¿Qué?- lo miró ella.
-         Estoy seguro de que algún escritor ansioso de letras e historias, escribirá sobre nosotros. Hablará de unos seres muy parecidos a las personas que vivían en la noche, como ocultos de todo lo demás. Nos llamarán los hombres murciélagos y nacerán miles de leyendas y rumores sobre estos seres- rieron juntos.
-         Dará mucho que hablar, seguro.

Asomados a la ventana, podía verse la escalera creada por Julian… él se dispuso a bajarla. Le tendió la mano a Lena para que siguiera sus pasos:

-         ¿Preparada?- claro que lo estaba y cediéndole su manos se lo hizo saber.

Este fue el comienzo y también conforma el final, de una gran historia.





viernes, 7 de octubre de 2011

"El querer es la mayor fuerza..."


“Ven, acércate anda, no tengas miedo, si ya nos conocemos desde hace mucho tiempo.
Te has quedado estancada en ese escalón y necesitas salir de ahí sea como sea… sé, que piensas que la próxima baldosa está demasiado lejos y a una gran altura… a tal altura que solo el protagonista de un videojuego podría superar. Y tú no eres, ni puedes ser tan fuerte.

Ya… también sé lo que ocurrió. Ocurrió como con esas pulseras de perlas, se estiró tanto la tanza que finalmente se rompió y empezaron a perderse por el suelo todas las cuentas… a camuflarse en la superficie, a esconderse bajo el sillón y la mesa. Siempre queda alguna perla perdida. Lo sé, lo sé, así ocurrió con tu corazón. Tu corazón que aún está incompleto.

Anda, no te demores. Ve y saca aquella cajita del fondo del armario. Ábrela y coge esa sonrisa que tanto te gustaba colgarte en el rostro. ¿A qué esperas? Vamos, quítale el polvo y devuélvela a su lugar natural. No, no, no apartes la mirada… ve lo genial que te sienta. Recuerda como eras, lo fantástica que eras cuando sonreías… lo bien que te hacía sentir.

Sí, siente ese vuelco en el corazón. Ese gesto invisible pero sensible que te empuja a pensar que a partir de hoy; todo va a salir bien. Que el daño se puede borrar… basta con quererlo. El querer es la mayor fuerza, capaz de vencerlo todo, pero si ya lo sabes… yo sólo te lo estoy recordando.

Sal de este cuarto de baño a beber del mundo… a llenarte de aire, a hacer trabajar a cada fibra de tu cuerpo. Vive.”





Y así… se despidió su reflejo del espejo.




domingo, 2 de octubre de 2011

Se me clava en el pecho.

Para todo hay días pero… últimamente en todos mis días me invade el mismo pensamiento, la misma sensación.
Es algo que se me clava en el pecho, se me clava de una forma tan fuerte… y no puedo a penas respirar. Está ahí clavado, aprisionándome, estrangulando mis pulmones. Y yo miro a mi alrededor, pero no hay nadie, no hay nadie y sola no puedo arrancarme esto que está aquí, asfixiándome, desangrándome…

Me asomo y vuelvo a estar ante el mismo precipicio de siempre.
Las fuerzas me flaquean, mis rodillas tiemblan y pienso en dejarme caer… imagino como sería, descender mientras siento el abrazo del viento, el abrazo violento del viento, la imagen cada vez más lejos de un cielo gris… y finalmente, el impacto contra el suelo, un impacto no tan doloroso como lo que ahora mismo siento.
Entonces abro los ojos, el precipicio no es más que un oasis, no sé si es real porque cuanto más cerca parece estar, antes desaparece.

Vuelven a abrirse mis bronquios con dificultad, preguntándome qué es lo que debo hacer. ¿Debo quedarme aquí, viviendo la misma situación todos los días? Es difícil actuar, tomar decisiones, cuando no se tiene ni idea de cómo hacerlo, cuando tienes la extraña sensación de que tienes todas las de perder, aunque el triunfo se encuentre cerca. No me gusta no saber qué hacer, no obtener respuesta…

Estoy perdida en un lugar demasiado pequeño…


sábado, 1 de octubre de 2011

Tú y yo. Analiza las frases :).


Tu sonrisa eterna cogió de la mano a mi sonrisa y la invitó a salir a dar una vuelta.

Mi cuerpo buscaba con ansia y con lupa el refugio de tus brazos.

Mi cabeza se apoyaba en tu pecho como si fuera la mejor almohada del mundo, de pronto al cerrar los ojos, los latidos de tu corazón me sobresaltaron como quien de repente escucha una fuerte música clásica, de esas que erizan hasta lo más pesado.

Tu brazo rodeó mi cintura. Como una protección suave bajo la noche fría.

Tu piel fundiéndose con mi piel… algo que lo siento pero, explicar no puedo.

Tu voz que me habla, mis ojos que te buscan.

Ya lo dijo alguien, lo cantaron muchos, yo lo siento y te digo que… si no existieras, yo; te inventaría.

Si hoy estuvieras aquí, en frente, probablemente no podría decirte nada.

Sí, te miraría.

Hasta quedarme sin vista.

¿Mi lugar favorito?: entre tus brazos.

Quiero tenerte aquí al lado.
Siempre.

Algún día.

Estaremos juntos.

Tú y yo.  





viernes, 23 de septiembre de 2011

El adhesivo de un beso.


Quien la viera desde fuera pensaría que era tonta. Siempre le pasaba igual cuando lo tenía cerca. Empezó a mirarle con esos ojos. Esos ojos inmensos, azules, que se agrandaban siempre que le miraba, como el lobo de Caperucita, para poder verle mejor. La imagen que observaba provocaba una media sonrisa en su rostro, una sonrisa que a ella le hacía sentir estúpidamente bien… Él ni siquiera se daba cuenta. ¿Cómo no podía reparar en ello? Él no era ciego, ni tampoco tonto, pero si era muy despistado…

Él se hacía un café mientras ella, al lado, a penas a unos palmos, sostenía una carpeta con ambas manos que apretaba fuertemente contra su pecho, como para hacer callar a su corazón inquieto que quería salir corriendo al calor de los brazos de él. “De hoy no pasa” pensó mientras soportaba su máscara de estupidez al contemplarle. “Hoy es el día” volvió a decirse.

Abandonó el apoyo de la pared y dirigió sus pasos hacia él. Sin apartar los ojos de encima suya, con una sonrisa entreabierta dibujada. Se mordió el labio inferior con fuerza, movió su cuerpo de manera que su boca encontrara la boca de él y con una suavidad intensa le besó en los labios… nadie sabe cuánto duró el beso, ni siquiera quieren saberlo, pero fue como…como  si el tiempo se hubiera parado para dar paso a aquel beso, como si la luna y todos los planetas y demás, hubieran dejado su movimiento de inercia para verlos, por fin, unidos por el adhesivo de un beso.

Se quedó parado, sintiendo el latido de su corazón en sus labios, se equivocaba, no eran los de su corazón sino los de ella, que se habían depositado allí, donde más a gusto se encontraban…

-        Sé que ahora mismo no entiendes nada, que no esperabas esto de mí- empezó a hablar ella con una sonrisa dulce en los labios y con sus inmensos ojos depositados sin remedio en él, con la voz tan suave y pausada que… hipnotizaba- sé que es imposible, lo sé. Lo sé cada vez que hablas con ella por el móvil, en algún momento que tienes libre, que en lugar de dedicarlo a ti… lo dedicas a ella, siempre a ella. Cada vez que escuchas su nombre y te giras como buscándola y la decepción dibuja una sonrisa ilusa en tu rostro. Cada vez que hueles un perfume de mujer y sé que tiene que ser el que usa ella porque entonces, cierras los ojos y pareces estar soñando con algo que se antoja hermoso. Cada vez que vives alguna anécdota curiosa y parece que la grabas simplemente para después, recreársela a ella con todo lujo de detalles. Sé que es imposible que alguna vez yo llegue a ser ELLA, pero me gustaría tanto… y hoy, lo siento pero… he tenido que disfrazarme un poco de ella, simplemente para rozar tus labios. Te prometo que no volverá a ocurrir, que no volveré a robarle tu boca que sé, que es tan suya… no espero que lo entiendas- sonrió una vez más, esta vez sin mostrar las perlas que tenía por dientes. Dio media vuelta y empezó a perderse a lo largo del pasillo, decidida así, a dibujar un punto y final en aquella historia que había despertado tantas mariposas dormidas en su estómago, que había dado cuerda al reloj de su corazón, que había asfixiado a su respiración… estaba decidida.  




El latido del corazón de aquella muchacha aún en sus labios, su cuerpo congelado… en su cabeza no paraba de sonar aquellas palabras, como un disco rayado… de pronto, algo en su corazón empezó a revolverse. La sinceridad de su voz, el gesto cierto de aquellos ojos, el brillo y olor de su pelo… en fin, ella, había depositado en su corazón las semillas de la curiosidad y lo posible y las había regado con tanta fuerza, que empezaron pronto a crecer y dar raíces. Mientras, él no paraba de llevarse la mano a los labios para comprobar que allí estaba presente aún, el adhesivo de aquel beso…



miércoles, 14 de septiembre de 2011

"Pero la luna estaba tan lejos como el amor..."


Era tan pequeño como la pata de una hormiga y su nombre no, no era Pulgarcito. Parecía el protagonista de un cuento didáctico infantil llamado Papelo* y no porque su cuerpo haya sido el entretenimiento de un niño hábil para la papiroflexia sino porque era frágil y delicado como las páginas de un periódico. Al ser tan pequeño andaba un poco desequilibrado cuando el viento suspiraba con ligera potencia, una simple lágrima fruto del desengaño le parecía el diluvio universal y enfadado miraba al cielo pidiéndole a Dios que por favor, fuera más original. Su piel era de un color rosa palo casi blanco, sus ojos eran tan grandes como los de un dibujo animado y su sonrisa tan entrañable como la de un recién nacido. Su voz era bajita, bajita, bajita que casi nadie podía oírlo, sus gritos eran simples murmullos en plena noche en su punto más silencioso, donde los coches cierran el hocico de sus motores, cuando los niños no acampan en los parques improvisando un derbi del fútbol español más potente…

Era un ser feliz, incluso cuando se sentía triste. A menudo se observaba a sí mismo en el reflejo de algún charco (el cuál, para él era un mar en pleno centro de la ciudad) y veía que era diferente, a su alrededor, los demás seres sobrevivían todos en manadas, en grupos… y de entre esos seres él tenía sus favoritos. Entre ellos no se encontraban ni los elefantes, ni las jirafas ¡eran demasiado grandes! Y eso le imponía tanto, tanto… le gustaban las polillas, sentía infinita devoción por esos seres que hay a quien les dan asco. Otro de sus seres favoritos eran los humanos, es más, creía que estas dos especies tenían mucho en común…

Las polillas, había aprendido desde la observación, toman por norte a la mismísima luna vamos, es su plena orientación. Además, la luna parece protegerlas, porque las incita a volar más alto, impidiendo así que impacten contra obstáculos y aprovechan mejor, pues,  las corrientes de aire que favorecen su vuelo. Sin embargo, las polillas a veces, adquieren una actitud que podríamos denominar de despistadas y confunden la luz artificial de las bombillas con la luna. Por ello es normal verlas volar como locas alrededor de la luz de nuestros hogares, comportándose como kamikaze, pues suelen morir achicharradas como consecuencia. Para nuestro pequeño ser sin nombre, al que me apetece llamar Liam, la luna era para las polillas lo que el amor para el ser humano, un punto de referencia fijo, que invitaba al corazón de las personas a actuar tal y como actuaban, a decantarse por ciertas direcciones... Muchos de estos humanos, a menudo confundían el amor (la luna) con sentimientos parecidos pero a kilómetros de distancia de serlo (las luces artificiales) y muchos de ellos, como las polillas, se cegaban por ese artificio sin poder despegar sus narices de ellos.

Liam siempre buscaba símiles a todo porque todo en la naturaleza tenía algo en común, todo, excepto él. Aunque tuviera la apariencia de un niño, vivía desde tiempos remotos, eso sí, no coincidió nunca con los dinosaurios y tampoco le hubiera gustado conocerlos. Viajaba siempre con el viento y tenía de profesión: artista. Ahí donde se lo imaginan, el pequeño Liam es el responsable de los lunares tan graciosos de las mariquitas, de las babas que van soltando los caracoles, él creó la flauta que los grillos tocan por las noches e ideó la metamorfosis, si si es un Da- Vinci en miniatura. Y era tan feliz siempre que observaba como algún ser se maravillaba por alguno de sus inventos que hasta crecía unos 5cm. Ustedes se preguntarán ¿qué le maravillará a un ser que es el causante de tantas maravillas? Pues es fácil la respuesta, la luna, lo que en su similitud anterior; el amor.

Esperaba a la luna siempre con impaciencia solamente para verla, para observar uno a uno sus cráteres, para conocerla bien y llegar a entenderla, al igual que observaba el amor y lo esperaba con impaciencia y todo lo demás… Pero la luna estaba tan lejos como el amor.

Hasta que un día, llegó a la Nasa por pura casualidad*, por el impacto de un estornudo de un hombre tan grande, tan grande, tan grande como un edificio de 15 plantas… Liam llegó a la Nasa sin saber siquiera que lugar era aquel y aún mareado de tal viaje, pues se encontraba en el norte de Alemania, un tal Neil Armstrong respiró tan fuerte, tan fuerte, tan fuerte que junto con el oxígeno y demás gases inspiró a Liam. Nuestro protagonista creyó tirarse por un tobogán infinito que desembocaba en unas piscinas de aire enormes… o bien conocidos como pulmones. De repente Liam se despidió de aquel extraño parque de atracciones por medio de un suspiro, y flotando en una especie de nave espacial, logró ver por la ventana al amor, a la luna… y al abrirse aquella puerta blanca, Liam se convirtió en el primer ser que pisó el satélite de la Tierra, a diferencia de lo que cuentan los libros de historia… 

Allí, ALUCINADO, PERPLEJO, ATÓNITO, ESTUPEFACTO, PASMADO… caminó por toda la superficie de la luna, sin quitar los ojos de ese suelo de un mármol tan especial, ni siquiera reparó en lo demás, ni en las estrellas, ni en los cometas, ni en nada… y para cuando se dio cuenta allí estaba; en la cara oculta del farolillo más bonito que se puede apreciar desde la Tierra y cuando elevó la cabeza con la boca tan abierta que casi es responsable de un nuevo cráter del satélite, se topó con… con alguien como él, como él pero diferente… parecía ser un complemento suyo. Entonces, ya no se sintió ni tan solo ni tan extraño. Además, confirmó su teoría de la similitud entre el amor y la luna, esa certeza le revoloteaba por su cabeza al observar a su semejante. Liam estaba convencido, convencido de que sus pequeños pasos constituían en sí mismos un GRAN paso para el comienzo de una GRAN historia… 

lunes, 12 de septiembre de 2011

"Horrible, desastroso, funesto, fatídico, trágico, fatal...Esto no tiene ningún sentido"

He caído en la cuenta de algo que se me antoja horrible, desastroso, funesto, fatídico, trágico, fatal y de más sinónimos atroces que existan… Nunca te dije… “te quiero”, nunca, nunca, nunca lo hice… y hoy me encuentro sentada, encogida en la cama, con la mirada perdida en miles de recuerdos e imágenes del pasado y de un posible presente imaginario que quizás tendría lugar hoy mismo, si hubiera mencionado esas palabras.
No sé si he cometido un delito difícil de juzgar, pero mi cuerpo y mi mente se sienten así, intranquilos, como si hubiera escupido encima de una obra de arte digna de un museo, bajo la mirada atónita de su anciano autor, como si hubiera rayado los versos más tristes de alguna noche, bajo la mirada chilena de su chileno escritor…

Y me encojo de hombros y cierro los ojos, para alejar de mi mente ese pensamiento; que todo sería distinto si esas palabras hubieran dado ese salto mortal desde mis labios hacia tus oídos, para perderse por todo tu cuerpo… nada habría cambiado no… ¿o sí?, ¿si esas palabras fueran el verdugo de todas tus dudas?, ¿si fueran el punto de inflexión en nuestra deforme relación?, ¿si fueran tu total convencimiento?...

Pero, ¿es que no te dabas cuenta?... mi cuerpo, mis gestos, mis acciones, hablaban por mis palabras, supongo que, para no caer en eso de la demagogia… quizás, seas poco observador pero yo, yo lo recuerdo todo, lo recordaré todo por los dos.

Recuerdo aquella vez, aquella noche, hacía tanto frío… te viste en la obligación de bajar unos pulóver, uno para ti, otro para mí. El mío era verde, con rayas finas de un tono anaranjado. Me quedaba enormemente enorme, desastroso… sin embargo, me sentía tan guapa… ni un traje de gucci, ni de versace, ni de D&G, no, nada de eso, tu pulóver… todavía tengo su olor adormilado en mi piel, podría habérmelo puesto hasta el día de mi boda y así, te lo confesé bajito y al oído. 

Recuerdo el día en que te leí las cartas, una de esas barajas españolas, con sus bastos, sus oros, sus espadas y sus copas. Como puse nombre e historia a tu futuro, siempre con palabras de suerte, te juro que aseguran que la vida es mejor con éstas, hasta lo han escrito en un libro y yo te he desvelado sin quererlo; El Secreto.

No es menos aquel recuerdo, cuando me pasé todo el día de playa buscando la piedra más bonita de la misma. Te la entregué a la tarde, como si fuera el preciado tesoro que un pirata abandonó allí, y no creas que por despiste no, sino a propósito, esperando el día en que una chica un poco, sólo un poco enamorada lo buscara hasta dar con él y entregárselo a su amado. Era  un piedra tan pequeña, pero con la forma del mundo, de La Tierra. Sólo quería que comprendieses la grandeza de las cosas pequeñas. “Así tienes el mundo en tus manos” te dije en aquel momento donde te sentías tan insignificante y no podías siquiera entender, que tú eras mi mundo y en ese instante yo sí que te tenía en mis manos.

Recuerdo cuando acariciaba tu rostro una y otra vez, una y otra vez, como resaltaba tu nariz, tu mentón, tus ojos… quería que mi mano memorizara tu cara, para después dibujarlo en el hueco libre de mi almohada, allí al ladito mía.

Lo recuerdo TODO y es imposible resumirlo en esta entrada, que ya se está alargando demasiado. Quiero que lo entiendas, que las palabras, en estos casos que podríamos llamar amor, nunca son suficientes, fue mi cuerpo quien te dijo te quiero, porque el pobre ya cansado, no lo podía esconder, mis ojos embobados en todo tu ser, mis manos buscando siempre en las tuyas, mi pelo que acaba entre tus dedos. Impotencia sí, es lo que siento. Si tan solo pudieras estar aquí, para poder mirarte a los ojos y gritártelo en la cara… que sí, que TE QUIERO.




P.D.: Esto no tiene ningún sentido, lo sé.








miércoles, 7 de septiembre de 2011

Un mechero, dos piedras y una foto...



Hoy; sólo me queda de ti un mechero, dos piedras y una foto en la que ni siquiera estamos mirando a la cámara…
Los recuerdos van y vienen… lo extraño es que en su carrera, los más rápidos, son los recuerdos malos, los buenos son perezosos, lentos, desganados… intento mirar atrás y nada de lo que tú y yo vivimos me hace feliz, nada me hace sentir eso que se siente tan adentro y se expresa con los labios y el brillo de los ojos…

Me da pena porque siento que algo entre los dos está muerto… frío, gélido, inexpresivo… vamos, como todo aquello que muere, postrado en el suelo inmóvil, intentando renacer pero sin quererlo realmente, porque está mejor ahí.
 
Y aunque hay días en los que no me importa nada, porque nada en realidad, es verdaderamente importante y miro hacia la autopista que me lleva a tu casa, pienso en calzarme unas playeras de esas deportivas, unos pantaloncitos tipo footing de esos ridículos y porqué no, incluso ponerme un numerito en la espalda que me califique y correr los kilómetros que sean necesarios con tal de mirarte a la cara… de convencerme que eres real, y aunque no estés, estás. De que es mentira todo lo que me has dicho y yo tonta, ilusa, sinvergüenza, sin sentido, me he ido alimentando de esas promesas que no eran más que aire… masticando aire sí, eso es lo que hacía.

Quería hacerte un regalo… una página de diario, vieja, de hace unos 5 años, donde declaraba en un trozo de papel, insignificante tal vez, que siempre serías el único, que en mi corazón, eres el único que posee una parcela, que es tuya y de la que siempre tendrás las llaves. “¡Qué especial es!” decía en esa página de Diario… ojalá algún día la puedas ver, para que lo entiendas todo.

Pero, estás tan lejos… ya no hablo de la distancia espacial sino de la sentimental… y aunque quiero con todas mis fuerza quererte y que me quieras, una voz sabia en mi interior habla, una voz llamada dignidad me dice que de verdad la tenga… sin embargo, en mi mesilla de noche, ahí, tan cerquita de mis sueños, siguen estando ese mechero, esas piedras y… esa foto.





sábado, 3 de septiembre de 2011

De la memoria y más...


Empecé a obsesionarme con la memoria, con los recuerdos, con el cajón de la mesilla de noche de la cabeza donde guardamos aquellas experiencias. El porqué recordamos lo que recordamos y sin embargo olvidamos ciertas cosas. Aprendí pues, de entre tantas dudas que; nuestro cerebro es como un fichero perfectamente organizado, donde existen diferentes carpetas para cada tipo de recuerdo o aprendizaje. Que la memoria se divide en corto y largo plazo, asociándose a esto, eso de olvidar ciertas cosas y recordar otras.
Los sentidos cobran un papel fundamental en el mundo memorial, llamándose así una rama de esta ciencia; memoria sensorial donde cobran real protagonismo la vista y el audio. Donde la atención que causen en nosotros los objetos es primordial para recordarlos… esto creo que es algo bastante relevante y que todos hemos experimentado alguna vez. Una mirada que consigue destacar de entre tantas otras, una sonrisa que nos muestra más belleza que el mismo cielo plagado de estrellas, el viento meciendo unos cabellos… recuerdos que se graban a fuego en nosotros y no nos dejan si quiera dormir o utilizar otra parte del cerebro, sólo la de la memoria.

He descubierto un mundo totalmente organizado, tanto, que hasta da miedo. Una memoria a corto plazo donde interactuamos con el ambiente y aún más duradera que la sensorial y la cual puede transformarse y evolucionar a largo plazo siempre y cuando supere la prueba a la que se verá sometido en la memoria operativa.
La cual está formada de diferentes canales que manejan información sistémica, verbal y visoespacial, y que además, contiene límites que nosotros mismos añadimos al realizar varias cosas a la vez sin centrarnos en una sola. Convirtiéndose la memoria en una especie de máquina perfectamente diseñada para cumplir su función.
Y aún falta la memoria a largo plazo, la cual la entendemos como la memoria convencional, general, aquella que creemos conocer. A parte de un millón de conceptos que se deben leer atentamente para no malinterpretarlos… es un mundo complejísimo el que tenemos ahí arriba.

Es asombroso si quiera pensar que no somos especiales o tonterías por el estilo, somos una especie de magia natural. Solemos alabar aquello que nos rodea sin sorprendernos del universo que somos cada uno de nosotros. Y esta es sólo una parte. Da miedo incluso pensar en órganos tan reconocidos como el corazón, la respiración que a veces falta, nuestra capacidad de comprensión, la creatividad, la recepción de estímulos, la formulación de respuestas… si ya lo decía aquel, que en este mundo estamos por alguna razón. No somos especiales por el simple hecho de ser humanos, sino por lo que ello conlleva. Somos especiales porque aguardamos la posibilidad de cambio, no nos vemos sometidos en un círculo natural que consiste en sobrevivir por sobrevivir, por perpetuar la especie, no nos limitamos a procrear, cazar y alimentarnos, aunque esa sea la base de todo ser vivo. Siempre necesitamos MÁS, amar y sentirnos amados, vivir y actuar siempre en busca de la felicidad y no solamente propia sino también la ajena, necesitamos sentirnos realizados haciendo sabe Dios qué cosas, unos diseñando carreteras que acorten distancias, otros creando historias que nos abstraen de lo cotidiano.

En nosotros habita la posibilidad de cambio, un arma de doble filo que constituye el equilibrio de una balanza, puesto que podemos fomentar el cambio a peor o a mejor. Por eso, aún pareciéndolo no somos perfectos como los ángeles, incluso como los animales que actúan siempre como deben actuar para sobrevivir; somos aún mejores porque precisamente podemos mejorar… lo único que nos falla es la educación y el ego. Observo el mundo que nos rodea y no veo el lado bueno que nos compete por ser humanos, veo hambre en el Cuerno de África, veo extinción en el Ártico, revolución en Oriente, agujeros en la atmósfera…

Y la verdad es que no sé como cerrar esta entrada, prefiero no decir nada, a veces el silencio es más comunicativo y expresivo que las propias palabras…

viernes, 2 de septiembre de 2011

EL ABRAZO


Esta  noche era una de esas noches… en las que el sueño no se asomaba por la puerta de la habitación ni sobornándola con una cama grande, acolchada y con sábanas 100% algodón. Y aunque es verdad que siempre me ha costado quedarme dormida, hoy  notaba a mis cincos sentidos desconcertados; como si les faltara algo… siempre he entendido ese momento de transición entre la conciencia y el sueño, como un espacio para reflexionar con uno mismo, repasando lo sucedido a lo largo del día, enterrando lo malo en el fondo de una fosa común y guardando lo bueno en algún lugar de la memoria… soñando lo que todavía no es y queremos que sea, construyendo ilusiones de papel…

En fin, movida por ese abandono de Morfeo me levanté rendida de la cama hacia la despensa, supongo que tendría hambre, una gula terrible que me impedía descansar. Sin embargo, al abrir aquel armario y ver mis disposiciones alimenticias caí en la cuenta de que no tenía ningunas ganas de comer…
Andaba desesperada por todas las habitaciones de la casa, inventando posibles reformas, redecorándola esquina a esquina, colgando cuadros en paredes repletas de estanterías, colocando libros dentro del congelador, discos en el cajón de la ropa interior en fin… inventando un entorno imposible en donde vivir.
Tendría frío… pensé, eso era lo que me pasaba tenía frío. Corrí a la habitación en busca de una vieja rebeca de cardigan gris y al ponérmela… ¡Dios que calor! Y la rebeca acabó abrigando al suelo y yo me topé de bruces con mi reflejo en el espejo… empecé a observarme poco a poco, despeinada, ojerosa, con la expresión confusa, los brazos desnudos… los brazos desnudos… si… los brazos desnudos…

Entonces, sentándome en la cama para confirmar mi teoría del paso de la conciencia al sueño, rescaté un recuerdo de una mañana… una mañana gélida que acabó abrigando mis miedos, mis dudas...

Estaba rodeada de niños, de niños con sonrisas kilométricas que dejaban ver la ausencia de alguna paleta. Mi labor era la de enseñar un baile a aquellos cuerpecitos diseñados para salir a correr, a jugar, a descubrir el  mundo… entonces, ante tanta vida, ante tal paisaje de añoranza a la niñez, se me ocurrió decirle lo que pensaba a uno de aquellos pequeños…: “Que bien bailas ¿no?” y lo siento de corazón por Charles Dickens y sus “Grandes Esperanzas”, lo siento por ese fabuloso comienzo de Cervantes “En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…” puesto que este simple cumplido, estas sencillas palabras fueron las palabras mejor invertidas de la historia… aquel niño se abalanzó sobre mí y me dio el abrazo más increíble de la historia… verás, en aquel abrazo, mi piel besó a mis huesos en los mismos labios, en el que las mitades simétricas de mi cuerpo se miraron frente a frente como ocurre con los dibujos de mariposas en Educación Plástica y se dijeron eso de…; “encantada de conocerte”. Entonces, tuve la certeza de que, mi corta vida había tenía sentido en su total plenitud, las risas, los llantos, los agobios, el dolor, los desengaños… todo absolutamente todo era válido, todo, había cumplido su cometido…

Aquel niño siquiera llegaba a mi cintura, era tan flaco como los galgos son en comparación con las demás razas caninas, pero tenía la fuerza de un huracán, capaz de arrasar con todo y ponerme el libro de esta vida en blanco, como una oportunidad de empezar de nuevo. Era un niño de raza negra, que había viajado en el crucero de las pateras, un superviviente, un luchador… una voz de repente habló diciéndome: “no sabes lo mal que lo ha pasado ese niño” y no me quise imaginar cómo de mal… pero, me lo había dado TODO en ese abrazo, absolutamente TODO, por unas míseras palabras, lenguaje insuficiente a veces… no sé si algún día volveré a coincidir con él, pero me siento en deuda, deuda impagable quizás… Desde aquí gracias pequeño, mil gracias…

Hoy necesito un abrazo como el tuyo…