Luna

Luna
"Esta noche me encamararé a la luna, me instalaré en su cruasan como si estuviera en una hamaca y no tendré ninguna necesidad de dormir para SOÑAR"- La Mecánica del Corazón-

jueves, 19 de julio de 2012

Y una sola nube cubrió todo el cielo (2)


Cortó la rosa del arbusto y observó como de aquel muñón causado por el corte en el tallo, comenzó a brotar sangre espesa color ámbar. Aquella imagen le provocó una sensación amarga. Un mal presagio le acarició el pecho. Pero aún así, era suya la rosa más perfecta de todos los jardines de la ciudad y sus fronteras.
Aquella  rosa de pétalos rojos aterciopelados. Adornada con gotas de rocío símiles a lágrimas, brillantes y recién lloradas. Como aquellas que saltan de los ojos y se instalan en las mejillas y quedan allí unos pocos segundos antes de resbalar…
Prosiguió su camino seguro, sin dudar y sin ocasión de descanso. Sus pasos eran firmes pero su cabeza revoloteaba de pensamiento en pensamiento, augurando un futuro próximo a pasar.
Sacudió la cabeza para reordenar las ideas. Y obligó a su mente a pensar solamente en que, entre sus dedos, descansaba la rosa más perfecta.

Estaba ya cerca de  su destino. Dobló la esquina de la avenida de la playa adentrándose en los barrios prohibidos de la ciudad. Calles empapadas en pecado. Seres paganos vivían allí; artistas de circo, bailarinas de burdel, músicos con sus respectivos instrumentos siempre hambrientos, que rugían inspirados por tantos motivos… sobre todo, en aquellas calles se refugiaban escritores sabios, conocedores de los porqués del mundo, inmigrantes exóticos, algún que otro brujo y demás personajes dotados de ciertos dones a los que habría que tenerles algo más que respeto.
Prosiguió su camino por aquellas estrechísimas calles con olor a orín. Miradas brillantes en la oscuridad y prostitutas cada tres pasos… y de pronto se topó de bruces con el sitio que buscaba, donde ya había estado solamente una vez y que sin embargo conocía palmo a palmo, esquina a esquina, escalón a escalón. Parecía dudar en si entrar, pero en realidad no lo hacía, estaba dispuesto.
Empujó la puerta de cristal de la “Librería el Verso” y a su vez sonaron un sinfín de cascabeles. De pronto acudió a dicha llamada aquel hombre, al que hubiera deseado  no volver a ver. Era alto y flaco, con una voz baja que por desgracia, obligaba a estar cerca de él para poder escucharle bien. También era grave, ronca, erosionada por el alcohol y el tabaco y a su vez tan pausada como el desplazamiento de un caracol.
Sus ojos eran felinos, su nariz más que aguileña era “flamenca” aunque su olfato era canino y su sonrisa de hiena. El pelo largo, negro y aceitoso. Desprendía un olor a gasolina y sudor. La daba tanto miedo… y lo peor era que el dueño de la “Librería el Verso” lo sabía, lo cual, jugaba a su favor.

-        Buenas, ¿qué libro desea?- Preguntó dicho individuo a quien llamaban Indio, debido a los rumores de chaman que se le atribuían, con una sonrisa abierta que dejaba ver sus perlas grises y algún que otro diente de oro. El cual sabía perfectamente quien era el chico que tenía en frente, dado que lo esperaba desde hacía ya mucho tiempo.

-        La Celestina, por favor.

No es que estuviera interesado en esta obra. La Celestina era una contraseña. La llave de acceso a la trastienda. Indio asintió riendo a la vez que tosía dejando oír un sonido asfixiado.
El verdadero trabajo de Indio era el de realizar favores a cambio de diversos intereses. Las leyendas decían que había exigido, incluso, el recuerdo del primer beso de amor a cambio de un hogar donde vivir al menos con lo básico por siempre. ¿Quién podría sobrevivir sin la sensación de haber poseído en sus labios el tacto de otros labios que lo amaban? Sólo Dios sabría como…
Su próximo cliente imaginaba recuerdos depositados en tubos de ensayo congelados o carcajadas contagiosas flotando en urnas de cristal…. Dicho pensamiento le obligó a tragar saliva y diluir la pelota que se le había formado en la garganta.

Llegaron a la trastienda con aparente tranquilidad. Se colocaron uno justo en frente del otro como dos cow boys a punto de batirse en duelo. Indio paseó por la habitación hasta llegar a una especie de mostrador, allí se sirvió un buen vaso de whisky.

-        ¿Eres Izan, verdad?- preguntó Indio, aunque la respuesta la sabía perfectamente.
-        Así es – respondió Izan esforzándose en controlar el temblor de su voz.
-        Bien…- bebió Indio un buen trago de Whisky- ¿traes lo que te pedí?- preguntó con un tono amenazante más que curioso.
-        La rosa más perfecta, aquí está- Izan le extendió la rosa a Indio procurando no rozar sus dedos.
-        Oh sí… sí que es perfecta, sí- Rodeó la rosa con su mirada, observándola desde todos los ángulos posibles y sin parar de admirarla.

A Izan se le antojó un hecho fascinante a la par que violento. El ser más repugnante de la existencia sosteniendo al más puro, bello y delicado. Dolía asistir a aquella imagen, pero un impulso morboso le impedía dejar de mirar.
Desconocía el uso que el Chamán le daría a aquella rosa reina de entre todas las flores. Quizás fuese un elixir o un simple objeto de contemplación.

Indio depositó la rosa en un tarro parecido a los de miel. La rosa permaneció etérea y flotante. Desprendía un halo magistral de luz blanca.

-        Dime Izan, ¿cuántos kilómetros has recorrido para encontrar este ejemplar único?
-        Pues muchos. Muchos kilómetros señor.

Indio rió sin dejar de sostener el vaso de whisky.

    -   Ya, ya me imagino. Veo que la preocupación, el dolor, la    incertidumbre… han esculpido madurez en tu rostro y realmente parece haber pasado más tiempo del que en verdad ha pasado. Desde el primer día que llegaste aquí supe que estabas convencido en llevar a cabo tu parte del trueque, porque estabas desesperado, totalmente. Por ello, te mandé a buscar la rosa más perfecta, esperando en vano que te cansaras, que te rindieras…
  -   Podría haberme pedido la luna y quizás, hubiera tardado unas semanas más, pero estoy seguro de que la tendría en uno de esos tarros de cristal.

Indio rió perplejo ante la seguridad y el tono chulesco de aquel chico.

-        ¿Estás seguro de lo que vas a hacer muchacho? Es un acto de una categoría heroica, tú eres sólo un simple mortal. ¿Quieres pensarlo?
-        No- dijo Izan contundente- entienda que cuanto antes llevemos a cabo el trueque  antes llegará mi descanso, mi paz.
-        Entonces bebe- le ofreció un vaso de whisky.
-        Mire, por favor, ya he perdido demasiado tiempo…
-        Entonces no te importará dejar correr unos segundos más. Hazme caso Izan, bebe, bebe cuanto más tragos mejor, esto te va a doler.

Finalmente Izan cedió y bebió varios tragos seguidos de aquel aguarrás ardiente que le cortaba la respiración en cada trago.

-        Una última pregunta Izan, ¿qué se siente cuando te hacen saber que el amor de tu vida se está muriendo a manos de una agónica enfermedad?

Izan le mantuvo firme la mirada mientras sus ojos tragaron sus propias lágrimas sin a penas masticarlas y sintió un golpe no dado que le acusaba en la boca del estómago.

-        Sentí… sentía como si cogieran este corazón empapado en sangre, emociones, planes de futuro y demás ambiciones y recuerdos y lo escurrieran repentinamente hasta dejarlo seco.

Un silencio intenso se adueñó de la sala. Indio entendió aquellas palabras mejor de lo que Izan jamás pensaría…

-        Bien muchacho, porque esto no te dolerá mucho menos. ¿Estás listo?- Indio extendió su mano, Izan acercó la suya y la estrechó. El trato estaba firmado.

Indio pidió a Izan que se diera la vuelta y fue entonces cuando el muchacho sintió una hoja de acero helado introducirse en su cuerpo, lo sintió retorciéndose en diversas direcciones. Sintió el crujido de las costillas y la incisión del cuchillo en la carne, la herida en el pulmón, el aire que no estaba. Su grito ahogado, su cuerpo rígido y una presión en la sangre que le pesaba como toneladas. De pronto el cuchillo salió bruscamente de su cuerpo y ese dolor fue aún más intenso. Rugió de dolor y cayó de bruces al suelo. Pudo ver, en un vago recuerdo, a Indio alzando el cuchillo. Que en su extremo afilado brillaba, como una estrella de luz blanca azulada de varias puntas, su alma…

Indio recogió rápidamente al muchacho y lo acostó en un colchón viejo. Lo tapó con varias mantas y lo acompañó en su agonía:

-        Muchacho, ahora sufrirás una fiebre muy alta. Sentirás arder el cuerpo y alucinar hasta con lo más surrealista. Pronto esa fiebre descenderá bruscamente hasta llegar a una temperatura de varios grados bajo cero. Tendrás muchísimo frío, pero te acostumbrarás a ello, será tu continua temperatura corporal. Tu piel palidecerá y pronto dejarás de tener algún tipo de ambición, sueño o deseo.  Pocos son capaces de volver a sentir más que odio hacia ellos mismos pero… Ella está a salvo Izan, tu amor está a salvo.

Izan nunca supo si aquellas palabras fueron reales o solamente fruto de su delirio. Abandonó la “Librería el Verso” con la sensación de dejar allí a… un amigo. Una persona con algún tipo de corazón blando tras tanta coraza aterradora. Una persona que le acompañó en su metamorfosis de ser humano a ser sin alma.
Al salir de allí, comprobó que en su bolsillo se encontraba la rosa perfecta, sonrió.
Ahora Izan tenía más conciencia de la gravedad, del peso de su cuerpo. Se sentía raro, como un recién nacido al que le extraña el mundo exterior al vientre materno.

A menudo visitaba a Allison, su amor, pero sin ser visto. Debía pasar más tiempo, aún no era el momento. Ella estaba llena de vitalidad. Él en paz.
La quería tanto… aún sin alma, pero con un corazón que la amaba como el primer día.
Sabía que quizás jamás la podría hacer feliz, que quizás no podría ofrecerle lo que ella deseaba y aún más, lo que tarde o temprano necesitaría. Aún así, todavía podía regalarle la última rosa y así lo hizo.
La tendió a los pies de su puerta y tocó la campana. Ella abrió esperando encontrar a alguien. Pero allí no había nadie. Apenada viró la mirada al suelo y allí estaba la rosa perfecta. La recogió y urgió a olerla antes que a contemplarla. Cerró los ojos y la apretó contra su pecho. Miró en todas direcciones en busca de Izan, pero allí no estaba…

No sabía cómo lo habría hecho, pero aguardaba con ella la certeza de que él, la había salvado.








miércoles, 18 de julio de 2012


Como un tenedor en un mundo de sopas.
Como una llama de fuego bajo una tormenta.
Como un nenúfar en un desierto.
Como un santo en el infierno.
Como un germen en  la tierra de “Don limpio”.
Como una margarita en el asfalto.
Como un grito interno.

.    .    .   .   .   .   .   . 

Como echar de menos aún sin haberse alejado.