Era un desequilibrado. No porque fuera poco sensato o poco cuerdo, aunque a veces pareciera un loco. Sino porque… nunca caminaba en línea recta. Su movimiento natural era haciendo irregulares zigs zags. Incluso necesitaba que hubiera siempre una pared a su lado, alguna papelera o una señal de tráfico como objeto de apoyo. Su falta de equilibrio a menudo le hacía tambalearse y alguna que otra vez, caer al suelo… algunos llaman a esto…; ser patoso.
Lo que más admiraba en las personas eran sus defectos. Sí, suena un poco raro… pero le fascinaban los defectos de los humanos porque son, precisamente, lo que les hace ser únicos e inigualables. Le encantaba el tartamudeo del panadero, o el tic nervioso de los ojos del campanero, o esa gran mancha con forma de interrogación en el cuello de la costurera. Todas aquellas cosas que a los humanos les acomplejaban él… las adoraba y las guardaría en una cajita para que no se perdieran jamás de los jamases. Quizás, esta extraña actitud le vendría desde que era pequeño. Los demás niños solían reírse de sus gafas gruesas y de su rizado y alborotado pelo… sin embargo, era él quien no se quería cortar los cabellos y quien había escogido esas gafas en la antigua óptica del pueblo, decidió así por el impulso; ser raro.
Le encantaba el acto de llorar de la risa. Ver como dos modos de expresión significativos para dos sentimientos totalmente dispares podían atravesar barreras enormes como el muro de Berlín e ir juntas de la mano, paseándose por todo el cuerpo de los seres humanos. Llenándolos de una absoluta felicidad que se podría calificar de absurda. Siempre que veía que alguien lloraba de la risa, se paraba ensimismado a apreciar dicho acto. Los miraba de cerca, sin ningún tipo de reparo. Analizando cada carcajada, cada contracción de los músculos abdominales, cada pliegue de la sonrisa, cada gota de bendita lluvia que brotaba del precipicio de los ojos…
Pero… había algo que le encantaba aún más. El misterio que escondía una muchacha que vivía en el mundo encarcelado de su cuarto, a lo alto de una torre. Que lo único que dejaba ver era su mano blanca cuando corría rápidamente la cortina, para no ser vista.
Imaginaba que esa muchacha tenía el mayor defecto de todos; el de ser perfecta… y no había nada más que lo atrajera tanto que un defecto tan grande.
Era tal su obsesión que comenzó a tomar medidas de la altura de aquel edificio. Ideó un metro especial para hacerlo. Una vez tomada la medida comenzó a crear una escalera de madera. Era tan grande, tan grande, tan grande… que bromeaba para sus adentros diciendo que podría llegar a la luna.
No sabía que hacer para que, una vez haber subido a la ventana, la muchacha no creyera que era un loco. Pero, como no se le ocurría nada… una noche de viernes, decidió cargar con su escalera y atreverse a llegar a lo alto de la torre a descubrir una de las siete maravillas del mundo…
La calle estaba desierta… no se escuchaba ruido alguno sino el latido potente de su corazón. Nunca había sido un muchacho decidido como lo estaba siendo ahora, sin embargo, al llegar a la ventana una brutal fuerza hizo que se quedara paralizado, tanto cerebral como corporalmente… ni siquiera un rizo de su cabello de balanceaba. Hasta que miró al suelo, lo que le recordó el vértigo horrible que sufría y terminó cayendo hacia el interior de la habitación.
Y allí estaba; la habitación a oscuras excepto en el centro de la misma que se encontraba invadida por un foco de luz lunar.
Nuestro desequilibrado; Julian, paseó casi de puntillas hasta llegar a aquel punto de luz. Bajo el resplandor se encontraba una cama enorme, como para doble matrimonio y entre sus sábanas soñaba lo que parecía ser una muchacha. Se acercó lo suficiente, lo suficiente como para poder besarla…
Tenía por cabello un campo de trigo en pleno verano iluminado por el sol de la mañana y su piel era tan blanca como la espuma de una ola que rompe. Y sus ojos… ¿cómo serían sus ojos?
La muchacha comenzó a hacer muecas extrañas con su rostro, que si fruncir el ceño, ladear la cabeza y de pronto, tan inesperadamente como una estrella fugaz en medio del cielo, abrió los ojos:
- ¡Azules!- Gritó Julian triunfante- Sabía que serían azules.
La muchacha registró una cara de terror y se recogió enseguida en la cama para quedar lo más lejos posible de Julian.
- ¿Qué hace usted aquí?, ¿Qué quiere?- Dijo desconcertada la muchacha. Aún en su empeño de alejarse de Julian.
- Soy; el cuenta cuentos del pueblo y todas las noches asalto los hogares de aquellos remolones que no pueden dormir y les cuento una historia fantástica, de esas que sólo pueden tener lugar en los sueños, lo que hace que el ser humano quiera hasta soñar despierto.
La muchacha no tardó en responder:
- Mentiroso. Además yo ya tenía el sueño conciliado y usted no es un cuenta cuentos, usted está siempre inventando cacharros sin éxito, lo observo siempre desde la ventana.
- ¡Así que me espía!- se indignó y a su vez se alegró el desequilibrado Julian- Me observa siempre desde la ventana pero... ¿no le da vergüenza?
Esta vez sus palabras sonaron más a indignación pero en su interior corría la alegría de norte a sur.
- No lo espío a usted, egocéntrico, engreído. Observo al pueblo, a la calle y usted en diversas ocasiones forma parte de dicho paisaje- dijo, con seguridad en sus palabras.
- He de reconocer que eso tiene mucho más sentido. Pero usted solamente conoce mi faceta diurna, por las noches me empleo a fondo para contar cuentos de tal forma que, pretendo escoger las palabras adecuadas para que al oyente no le cueste imaginar, sino que parezca que está viendo aquello que le cuento justo en frente suya- fue bajando la voz a medida que desarrollaba su discurso.
La muchacha se vio de repente convencida y abandonó su afán de alejarse de Julian intrigada por aquellas palabras.
- Yo soy experta en eso. Me ocurre cuando leo alguno de estos libros- señaló un estante enorme repleto de ejemplares. Julian se quedó boquiabierto.
- A ver si va a tener que contarme los cuentos usted a mí y no a la inversa- ella sonrió bajando la mirada.
- Pero, intento no volver a leerlos porque… ocurre precisamente lo que usted acaba de describir. Las fantásticas historias nos invitan a soñar, a imaginar, a creer, que algo así de maravilloso nos espera a nosotros también. Pero, pasan los días y nada extraordinario ocurre.
- ¿Qué es aquello que ha soñado y todavía no ha visto cumplido?
Pensó en alto Julian pues, eso era lo único que quería saber en ese instante, ese instante en el que se encontraba bajo la mirada de unos profundos y húmedos ojos azules. Inventaría lo que no se puede inventar por ver el sueño de aquella muchacha cumplido. Ella, selló sus labios pero sus ojos hablaron, hablaron cuando miraron hacia la ventana con una expresión de infinita nostalgia.
- ¿No eras un cuenta cuentos?- dijo irritada- pues comienza anda que me has robado el sueño- se acurrucó en la cama.
- Muy bien señorita; Érase una vez…- Julian se encargó de devolverle el sueño. La observó triste, no, triste no es la palabra, sino melancólico… Ella no era feliz y eso le hacía infeliz a él, se empezó a sentir como incompleto.
Pronto las visitas nocturnas a lo alto de la torre comenzaron a hacerse cotidianas, como desayunar por la mañana. Julian siempre le contaba historias relacionadas con el pueblo, con la superficie, el campo, la libertad…
- Es cierto Lena- así se llamaba ella- lo mejor del mundo es tomarse una ducha de lluvia. Jugar a no resbalarse por las calles mojadas, saltar los charcos y creer que vamos a hidratarnos a cuentagotas, con la boca abierta y la cabeza dirigida al cielo.
- No lo creo, la gente cuando hace eso amanece a la mañana siguiente con un catarro infernal, a nadie le gusta estar enfermo.
- Las personas cuando hacen eso no piensan en el mañana, se trata de vivir el momento con la pasión que se viviría en un último día de existencia.
De nuevo esa mirada al suelo habitual de Lena. A lo largo de todos estos días, semanas, meses… la relación entre Julian y Lena se había estrechado tanto o más que un apretón de manos. Por este motivo, Julian formuló la pregunta que desde hacía tanto tiempo hubiera querido hacerla:
- Lena… ¿por qué nunca has bajado al pueblo?, ¿Por qué nunca has salido de esta torre?- Lena dirigió sus ojos azules a los ojos oscuros de Julian.
- Mi piel está enferma, es demasiado clara para sentir una mínima caricia del sol. Paso horas pensando en qué se siente al estar bajo el gran astro, qué es tener calor… qué invita a la gente a abanicarse o a reposar en alguna sombra. Por eso no, no puedo bajar a la calle ni siquiera cuando las nubes ocultan el sol. No existe remedio, ni cura alguna…
Se miraron a los ojos, y mantuvieron un diálogo rebosante de franqueza:
- Si no existe, la inventaremos- dijo él con una sonrisa curativa en el rostro.
- Claro, olvidaba que eras inventor- dijo ella en tono burlón y sonriendo ilusa.
- Hablo en serio. Verás, no puedes bajar a la calle durante el día cierto ¿no?
- Sí…
- ¿Qué ocurriría si salieras durante la noche? Nada, porque el sol estaría alumbrando al otro lado del mundo…
- Olvidas que la noche está destinada al descanso, sería como vivir a contra natura, sería desajustar el reloj biológico.
- Porque tú lo digas.
- ¿Cómo?- dijo incrédula.
- Creo que si pasas un solo día más encerrada en esta torre caerás enferma, pero enferma de una pena tan profunda que no podrás ni levantarte de la cama y eso es tal problema… y querida Lena, a problema que se plantea, problema al que hay que buscarle una solución. Vivir durante la noche no es para nada antinatural, es más forma parte de la naturaleza de muchos seres. Los murciélagos, por ejemplo, pasan el día encerrados en cuevas y cavernas para evitar la desecación corporal y salen al exterior durante la noche. Ya vez, tienes mucho en común con estos mamíferos capaces de volar. Cambiarás tu reloj biológico, la luna será tu sol y el sol tu luna. No estarás sola en este invento, yo, como su hacedor, te acompañaré en esta aventura. Además, este es sólo el principio, una tregua donde tú puedas disfrutar del mundo y yo pueda mientras investigar sobre algún objeto protector para tu piel…
- Esto… Julian, yo no sé si esto funcionará… no sé…
- ¿Funcionar? Olerás de cerca la tierra mojada, pisarás la hierba, te soplará el viento en la cara… ¡vivirás!
- Pero… ¿qué pasa contigo?, ¿cambiarás tu reloj biológico?, es demasiado… demasiadas molestias.
- ¿Bromeas? Desde que te conocí decidí abandonar casi inconscientemente el papel protagonista de mi propia historia; mi vida. Ese papel pronto fue a parar a tus manos, y quiero todo lo bueno y fascinante de esta vida para ti. Hace tiempo me prometí cumplir tu sueño.
- El día que te conocí, Julian, cuando te adentraste en mi habitación, tengo que confesarte que; fue el primer día de mi vida. Tú ya has cumplido mi sueño…
No ocurre todos los días, no. Dos seres individuales que se creen extraños, diferentes, raros… dos seres que se encuentran, se descubren como a un tesoro y abandonan esa máscara de rarezas. Dos seres trasplantados, pues, no sé cómo, desde que comenzaron la tarea de conocerse, el corazón de él no está en su pecho no, sino en el de ella y a la inversa. No ocurre todos los días eso de, vivir por el otro… eso que, casi sin quererlo les hace ser mejor persona. Julian parecía haber crecido dos metros, tanto en altura como en la anchura de su sonrisa. A ella le ocurría lo mismo. La tomó de la mano y la llevó hacia la ventana. La abrió de par en par y una brisa de aire golpeó la cara de Lena. Ella con los ojos cerrados, la sonrisa encendida y el corazón con prisas. Él sin apartar la vista de encima de Lena:
- ¿Sabes lo mejor de esto?- dijo él.
- ¿Qué?- lo miró ella.
- Estoy seguro de que algún escritor ansioso de letras e historias, escribirá sobre nosotros. Hablará de unos seres muy parecidos a las personas que vivían en la noche, como ocultos de todo lo demás. Nos llamarán los hombres murciélagos y nacerán miles de leyendas y rumores sobre estos seres- rieron juntos.
- Dará mucho que hablar, seguro.
Asomados a la ventana, podía verse la escalera creada por Julian… él se dispuso a bajarla. Le tendió la mano a Lena para que siguiera sus pasos:- ¿Preparada?- claro que lo estaba y cediéndole su manos se lo hizo saber.
Este fue el comienzo y también conforma el final, de una gran historia.
