Me obsesiono con la idea. Esa idea que mi mente guarda y arropa cada noche. Que se desvanece al amanecer y que vuelvo a formar uniendo cada pieza desordenada del puzzle incapaz de sobrevivir al despertar de un sueño. Me gusta cerrar los ojos y observar esa idea. Me gusta que mi mente pasee por la fina cuerda suspendida en el aire a miles de metros del suelo. Me gusta dibujar comienzos, un trazo por aquí, otro por allá… y de pronto tengo un inicio lleno de colores. El cuaderno imaginario desbordado de diferentes comienzos, pero siempre, siempre diseño el mismo final. Porque no pueden darse más oportunidades ni alternativas, porque el final es como debe ser. El estallido de un sentimiento inimaginable e inigualable, el perfume de la explosión colándose en tu inspiración, la unión de dos manos que superan la barrera de las energías, dos miradas que se encuentran y se entienden en un idioma jamás descifrado, esos cuerpos que se mecen mutuamente como hábito natural del ser humano, esa compañía fundamental y atrayente como la unión entre dos polos opuestos, esa necesidad de ser, de estar a cinco centímetros de distancia, de no tener que preguntarte si estás bien, porque ya lo sabría.
Un final con una puerta escondida, cuya llave se halle en nuestros bolsillos desteñidos.