Las caricias se convirtieron en
cicatrices. El mar en charcos. El horizonte en límite. El suelo en fuego…
Mientras, soplaba las heridas que nunca se abrieron. Me escocía alguna lesión
invisible. Los años de ausencia pesaban en su liviana nada. Me senté frente al
mar oscuro, contagiado por la oscuridad de la noche. La luna brillaba y no; a
capricho del viaje de las nubes. La brisa ofrecía una banda sonora apacible,
como esas de terror que advierten un oleaje de violines chirriantes. La soledad
se agarraba, clavando sus uñas, de mi pecho. Y cada calada marcaba el recuento
de mis profundas penas. Hasta que llegué a la calada número nueve, con su
respectivo dolor. El recuerdo proyectado en la orilla húmeda. Solo yo era
testigo de su recreación, la luna veía justamente lo que había, un mar que iba y
venía besando a la arena, dejando a su paso el adhesivo de un beso, nada más
que un rastro de saliva. Golpeé el cigarro, como si fuera rutina, desprendiendo
sus cenizas. Las observé volar unos tramos. Aunque lo pareciera, mi mirada no,
no estaba perdida. Llegó la calada número diez pero… en mi cabeza aún seguía “la
número nueve”, como un eco lejano pero constante. Era una tortura, una variante
de la “gota china”. Me producía un terrible dolor morboso repasar cada recoveco
de su cuerpo. Todo era negro, pero la imagen de su rostro al esbozar una
sonrisa, era capaz de iluminar madrigueras, el mismísimo fondo de la tierra. “La
número nueve” era la razón por la que yo quería ser mejor, mejor persona.
Entendí religiones en las que nunca creí, cuando la conocí. Dibujé rayos de
esperanza, mientras veía las noticias de al mediodía. Floté en un mundo donde
la gravedad manda. Y un montón de cosas más que un ejército de gilipollas
sienten. Ella está tan lejos… “¿Por qué no vas a buscarla?” replica la luna…
Porque está aún más lejos cuando nos tenemos en frente. Porque ella, ya ha
aprendido a no quererme. A veces deseé eso tanto… no soy digno ni de su cuerpo
ni de lo que aguarda dentro. Por eso, por eso me detengo en “la número nueve”
porque ahora, es el único momento en el que puedo quererla y no sentirme culpable. No
sentir que le debo algo a alguien.