Ese momento… el momento de subirse al carro del cansancio para dejarse llevar por el camino del sueño. La habitación estaba tan oscura como lo estaba la calle. A penas se colaba por la ventana la luz sumisa de una farola.
Yo, atrapada entre sábanas de algodón me acomodé en la cama, el cuerpo dirigido hacia el techo, los párpados cerrados con llave y de repente… en mis manos comenzó a nacer el recuerdo, como lo hacen las raíces de las plantas. Pronto comienzan a crecer a desarrollarse, bifurcarse y ramificarse hasta buscar así los minerales ocultos bajo el cementado suelo.
En mis manos comenzó a nacer el recuerdo, repito, el recuerdo de tu tacto tibio, ese tacto que irradiaba calor a estas manos siempre frías. Y mis ojos, mis ojos cerrados, empezaron a mirar fijamente a tus ojos del color de la tierra mojada... Tus ojos siempre francos, sinceros, con matrícula de honor en el lenguaje de los gestos ópticos, tus ojos que siempre me chivan que, todo va a salir bien, aunque ahí fuera, fuera de ti y de mí, estallen huracanes, volcanes o caigan meteoritos del tamaño de América, me da igual, si tus ojos miran a mis ojos.
Y de pronto, la sensación de no tenerte me hizo despertar. Con agonía en la garganta y con el impulso de mirar tras la ventana. El cristal traslúcido me ofreció el paisaje de un pueblo oscuro, silencioso y frío.
El cielo parecía cubierto de una enorme nube gris de su misma extensión.
Ni si quiera el farol lunar ofrecía su luz prestada del sol. Estaba ausente en aquella noche, ausente como muchas otras cosas…
Entonces comprendí claramente lo que sucedía. Una voz convencida en mi cabeza me invitó a interrumpir la calma de aquella noche. Bajé a la calle con lo puesto; un fino camisón blanco, el pelo alborotado y con el frío abrazado a la piel. Cualquiera que me observara pensaría que había escapado de algún centro psiquiátrico. Quizás lo necesitara.
Comencé a correr deprisa por la carretera central. Con el frío golpeándome en la cara como puños del campeón de boxeo y el corazón a punto de descarrilarse por mi boca.
Y de repente allí estaba, allí en frente mía, la avenida de la playa… dejé de correr y sin perder el ritmo me acerqué a la estatua del pescador que yacía entre las garras del mar. Unas inmensas olas lo rodeaban, lo apresaban. Esa estatua me producía el mayor de los terrores. El gesto de la faz de aquel muchacho que alzaba su mano al frente pidiendo socorro a alguna persona que jamás apareció. Quedé petrificada una vez más ante aquella escultura mientras las olas del mar rompían de forma estrepitosa, ensordeciendo mis oídos y dejándome aún más al margen de mi exterior.
De pronto observé en el suelo unas huellas negras que dibujaban su rastro alrededor mía y de la estatua conformando un círculo para romperlo después adentrándose en la arena. Pude comprobar que aquellas huellas estaban mojadas. Fuera lo que fuera aquello que me hacía compañía, había salido del agua.
Seguí aquellas deformes pisadas introduciéndome en la playa. Pasando casi de puntillas sobre aquella arena tan fría como un témpano de hielo. Estaba todo desértico.
De repente, interrumpiendo mis confusos pensamientos, me alarmé al escuchar un gemido tras de mí.
Al darme la vuelta, logré divisar un bulto tendido en la arena, bajo la sombra que le ofrecía una gran roca. No sabía si correr hacia allí o marcharme de vuelta hacia mi casa. De pronto del corazón y no mi cerebro empezó a darle órdenes a este cuerpo de que tomara dirección a aquel bulto.
- ¡Eres tú!- grité corriendo a su encuentro. Caí de rodillas a su lado y lo apoyé en mi pecho. Tenía los cabellos más largos, los aparté de su rostro y acaricié su mejilla besándole por todas partes. No reaccionaba ni si quiera abría los ojos, estaba empapado y blanco como un papel aún virgen. La ropa fina y desgarrada no le ofrecía ni un mínimo de cobijo. Empecé a balancearlo y a estrujarlo todo lo posible contra mi cuerpo, para regalarle el calor que había perdido – Has venido ¿eh?, aún cuando tus ojos desacreditaban a tus palabras cuando decías que había esperanza.
Él seguía mudo, sin alzar ni una palabra. Despacio abrió los ojos y al verme, esbozó una sonrisa que dolía, que aún me duele.
- Intento cumplir siempre mis promesas- susurró despacio y con la voz quebrada.
Lo abracé riendo casi a carcajadas. El amor de mi vida estaba allí, entre mis brazos. Intentaba darle al menos el básico suministro de calor para llevarlo a mi casa y allí ofrecerle un puesto junto a la chimenea cubierto de numerosas mantas.
- No puedo adentrarme en el pueblo Allison- dijo sin apartar sus ojos de los míos. Mi rostro se quebró de duda.
- Pero… ¿qué estás diciendo Izan?- dije incrédula.
Izan se fue incorporando poco a poco hasta sentarse a mi altura. Apoyó sus dos manos en mi hombro y me miró de tal forma que empecé a preocuparme.
- Alli, hay algo que no sabes, algo que ha cambiado mi vida para siempre- dijo. Miró hacia otro lado y tragó saliva- Ese algo, fue la causa de que tuviera que desaparecer de aquí.
- Me estás asustando Izan… dime lo que sea pero hazlo ya por favor- él seguía con aquella mirada clavada en mis ojos y con sus manos en mis hombros.
- Hay un hombre en el pueblo que quiere algo de mí, algo que no puedo darle, porque no lo tengo.
- ¿Y qué es ese algo?, ¿dinero?
- No, no…
- ¿Entonces?, Dime Izan, dime- insistí. El silencio se apoderó del lugar, se calmó incluso la marea, que también quiso escuchar aquella respuesta.
- Mi alma…