El sueño empezó a colarse
por las rendijas de la ventana. Por el filo de la puerta, por la hendidura de
la cerradura donde encaja perfectamente la llave mágica que abre y cierra la
puerta. Y allí estabas tú, en tu lado de la cama. Acurrucado bajo las sábanas
como un cachorro haría con otros cachorros en su camada. Me aproximo al
huequito que me ofreces. Con cuidado, porque pareces estar dormido y por nada
del mundo quisiera irrumpir en tu descanso. Y una vez allí, tendida a tu lado y
repentinamente, tu brazo rodeó mi cintura atrayendo mi cuerpo al tuyo. ¿Pero
cómo?, ¿no estabas dormido? Aún me lo pregunto… lo que sé es que este gesto me
hace sonreír como si fuera estúpida. Una estupidez que me da alas y comienzo a
imaginar, a dibujar cómo sería esta situación y estas sensaciones que aceleran
por mi cuerpo, si viviera en un mundo como el que se plantea Amelie en la
ficción de su film:
Me
acuesto a tu lado y me abrocho el cinturón de tu brazo. Pues este cohete va a
despegar en 3, 2, 1… y ocurre tras un estallido ensordecedor, atravesamos las
nubes y allí estamos flotando entre bombillas de fuego. Dibujando las fronteras,
que en realidad no existen físicamente, en la visión de mapa que nos ofrece el
mundo. Visitando los museos de Marte e incluso pasando mucho calor mientras
paseábamos durante el día por las
avenidas de Mercurio. Esquivando meteoritos que parecen motos desenfrenadas
saltándose las señales de tráfico o contemplando la maestría de saturno con el
hula hoop ¡No falla nunca! Y una vez cansados de tanto turismo estacionamos en
el motel de la luna, extendemos un mantel a cuadros y nos montamos un picnic en
su cara oscura. Nos tumbamos en la fría arena de mármol con la única intención
de charlar hasta que el sol se imponga…
Y tras
tanto trajín imaginario, sé que amanece, sé que el viaje concluye porque el cinturón de tu brazo está
desabrochado.
