Al final, pasa lo que tiene que pasar. Volvemos siempre a nuestro lugar de origen. Donde nos sentimos como en casa, en protección, en paz, en hogar, donde nos cobijamos con nuestra más pura personalidad. Así como hacen las gotas de lluvia que se tiran al vacío en busca del mar…
¿Y qué es si no la llama de una vela? Es el fragmento de un pedacito del sol. Algo mágico, sin duda.
Porqué será que en invierno todo como que, no sé, como que duele más. Las cosas tienden a agudizarse; el dolor, la nostalgia, la pena… será el frío, que se clava en los huesos. Allí en el fondo del cuerpo, haciéndose hueco y sacando a flote todo lo demás. Como haría una pastilla esfervecente al precipitarse en un vaso de agua.