Cortó la rosa del arbusto
y observó como de aquel muñón causado por el corte en el tallo, comenzó a
brotar sangre espesa color ámbar. Aquella imagen le provocó una sensación amarga.
Un mal presagio le acarició el pecho. Pero aún así, era suya la rosa más
perfecta de todos los jardines de la ciudad y sus fronteras.
Aquella
rosa de pétalos rojos aterciopelados. Adornada
con gotas de rocío símiles a lágrimas, brillantes y recién lloradas. Como aquellas
que saltan de los ojos y se instalan en las mejillas y quedan allí unos pocos
segundos antes de resbalar…
Prosiguió
su camino seguro, sin dudar y sin ocasión de descanso. Sus pasos eran firmes
pero su cabeza revoloteaba de pensamiento en pensamiento, augurando un futuro
próximo a pasar.
Sacudió
la cabeza para reordenar las ideas. Y obligó a su mente a pensar solamente en
que, entre sus dedos, descansaba la rosa más perfecta.
Estaba
ya cerca de su destino. Dobló la esquina
de la avenida de la playa adentrándose en los barrios prohibidos de la ciudad. Calles
empapadas en pecado. Seres paganos vivían allí; artistas de circo, bailarinas
de burdel, músicos con sus respectivos instrumentos siempre hambrientos, que
rugían inspirados por tantos motivos… sobre todo, en aquellas calles se
refugiaban escritores sabios, conocedores de los porqués del mundo, inmigrantes
exóticos, algún que otro brujo y demás personajes dotados de ciertos dones a
los que habría que tenerles algo más que respeto.
Prosiguió
su camino por aquellas estrechísimas calles con olor a orín. Miradas brillantes
en la oscuridad y prostitutas cada tres pasos… y de pronto se topó de bruces
con el sitio que buscaba, donde ya había estado solamente una vez y que sin
embargo conocía palmo a palmo, esquina a esquina, escalón a escalón. Parecía
dudar en si entrar, pero en realidad no lo hacía, estaba dispuesto.
Empujó
la puerta de cristal de la “Librería el Verso” y a su vez sonaron un sinfín de
cascabeles. De pronto acudió a dicha llamada aquel hombre, al que hubiera
deseado no volver a ver. Era alto y
flaco, con una voz baja que por desgracia, obligaba a estar cerca de él para poder
escucharle bien. También era grave, ronca, erosionada por el alcohol y el
tabaco y a su vez tan pausada como el desplazamiento de un caracol.
Sus
ojos eran felinos, su nariz más que aguileña era “flamenca” aunque su olfato
era canino y su sonrisa de hiena. El pelo largo, negro y aceitoso. Desprendía un
olor a gasolina y sudor. La daba tanto miedo… y lo peor era que el dueño de la “Librería
el Verso” lo sabía, lo cual, jugaba a su favor.
-
Buenas,
¿qué libro desea?- Preguntó dicho individuo a quien llamaban Indio, debido a
los rumores de chaman que se le atribuían, con una sonrisa abierta que dejaba
ver sus perlas grises y algún que otro diente de oro. El cual sabía
perfectamente quien era el chico que tenía en frente, dado que lo esperaba
desde hacía ya mucho tiempo.
-
La
Celestina, por favor.
No
es que estuviera interesado en esta obra. La Celestina era una contraseña. La llave
de acceso a la trastienda. Indio asintió riendo a la vez que tosía dejando oír
un sonido asfixiado.
El
verdadero trabajo de Indio era el de realizar favores a cambio de diversos
intereses. Las leyendas decían que había exigido, incluso, el recuerdo del
primer beso de amor a cambio de un hogar donde vivir al menos con lo básico por
siempre. ¿Quién podría sobrevivir sin la sensación de haber poseído en sus
labios el tacto de otros labios que lo amaban? Sólo Dios sabría como…
Su
próximo cliente imaginaba recuerdos depositados en tubos de ensayo congelados o
carcajadas contagiosas flotando en urnas de cristal…. Dicho pensamiento le
obligó a tragar saliva y diluir la pelota que se le había formado en la
garganta.
Llegaron
a la trastienda con aparente tranquilidad. Se colocaron uno justo en frente del
otro como dos cow boys a punto de batirse en duelo. Indio paseó por la habitación
hasta llegar a una especie de mostrador, allí se sirvió un buen vaso de whisky.
-
¿Eres
Izan, verdad?- preguntó Indio, aunque la respuesta la sabía perfectamente.
-
Así
es – respondió Izan esforzándose en controlar el temblor de su voz.
-
Bien…-
bebió Indio un buen trago de Whisky- ¿traes lo que te pedí?- preguntó con un
tono amenazante más que curioso.
-
La
rosa más perfecta, aquí está- Izan le extendió la rosa a Indio procurando no
rozar sus dedos.
-
Oh
sí… sí que es perfecta, sí- Rodeó la rosa con su mirada, observándola desde
todos los ángulos posibles y sin parar de admirarla.
A
Izan se le antojó un hecho fascinante a la par que violento. El ser más
repugnante de la existencia sosteniendo al más puro, bello y delicado. Dolía
asistir a aquella imagen, pero un impulso morboso le impedía dejar de mirar.
Desconocía
el uso que el Chamán le daría a aquella rosa reina de entre todas las flores. Quizás
fuese un elixir o un simple objeto de contemplación.
Indio
depositó la rosa en un tarro parecido a los de miel. La rosa permaneció etérea
y flotante. Desprendía un halo magistral de luz blanca.
-
Dime
Izan, ¿cuántos kilómetros has recorrido para encontrar este ejemplar único?
-
Pues
muchos. Muchos kilómetros señor.
Indio
rió sin dejar de sostener el vaso de whisky.
- Ya,
ya me imagino. Veo que la preocupación, el dolor, la incertidumbre… han esculpido madurez en tu
rostro y realmente parece haber pasado más tiempo del que en verdad ha pasado. Desde
el primer día que llegaste aquí supe que estabas convencido en llevar a cabo tu
parte del trueque, porque estabas desesperado, totalmente. Por ello, te mandé a
buscar la rosa más perfecta, esperando en vano que te cansaras, que te
rindieras…
- Podría
haberme pedido la luna y quizás, hubiera tardado unas semanas más, pero estoy
seguro de que la tendría en uno de esos tarros de cristal.
Indio
rió perplejo ante la seguridad y el tono chulesco de aquel chico.
-
¿Estás
seguro de lo que vas a hacer muchacho? Es un acto de una categoría heroica, tú
eres sólo un simple mortal. ¿Quieres pensarlo?
-
No-
dijo Izan contundente- entienda que cuanto antes llevemos a cabo el
trueque antes llegará mi descanso, mi
paz.
-
Entonces
bebe- le ofreció un vaso de whisky.
-
Mire,
por favor, ya he perdido demasiado tiempo…
-
Entonces
no te importará dejar correr unos segundos más. Hazme caso Izan, bebe, bebe
cuanto más tragos mejor, esto te va a doler.
Finalmente
Izan cedió y bebió varios tragos seguidos de aquel aguarrás ardiente que le
cortaba la respiración en cada trago.
-
Una
última pregunta Izan, ¿qué se siente cuando te hacen saber que el amor de tu
vida se está muriendo a manos de una agónica enfermedad?
Izan
le mantuvo firme la mirada mientras sus ojos tragaron sus propias lágrimas sin
a penas masticarlas y sintió un golpe no dado que le acusaba en la boca del estómago.
-
Sentí…
sentía como si cogieran este corazón empapado en sangre, emociones, planes de
futuro y demás ambiciones y recuerdos y lo escurrieran repentinamente hasta dejarlo
seco.
Un
silencio intenso se adueñó de la sala. Indio entendió aquellas palabras mejor
de lo que Izan jamás pensaría…
-
Bien
muchacho, porque esto no te dolerá mucho menos. ¿Estás listo?- Indio extendió
su mano, Izan acercó la suya y la estrechó. El trato estaba firmado.
Indio
pidió a Izan que se diera la vuelta y fue entonces cuando el muchacho sintió
una hoja de acero helado introducirse en su cuerpo, lo sintió retorciéndose en
diversas direcciones. Sintió el crujido de las costillas y la incisión del
cuchillo en la carne, la herida en el pulmón, el aire que no estaba. Su grito
ahogado, su cuerpo rígido y una presión en la sangre que le pesaba como
toneladas. De pronto el cuchillo salió bruscamente de su cuerpo y ese dolor fue
aún más intenso. Rugió de dolor y cayó de bruces al suelo. Pudo ver, en un vago
recuerdo, a Indio alzando el cuchillo. Que en su extremo afilado brillaba, como
una estrella de luz blanca azulada de varias puntas, su alma…
Indio
recogió rápidamente al muchacho y lo acostó en un colchón viejo. Lo tapó con
varias mantas y lo acompañó en su agonía:
-
Muchacho,
ahora sufrirás una fiebre muy alta. Sentirás arder el cuerpo y alucinar hasta
con lo más surrealista. Pronto esa fiebre descenderá bruscamente hasta llegar a
una temperatura de varios grados bajo cero. Tendrás muchísimo frío, pero te
acostumbrarás a ello, será tu continua temperatura corporal. Tu piel palidecerá
y pronto dejarás de tener algún tipo de ambición, sueño o deseo. Pocos son capaces de volver a sentir más que
odio hacia ellos mismos pero… Ella está a salvo Izan, tu amor está a salvo.
Izan
nunca supo si aquellas palabras fueron reales o solamente fruto de su delirio. Abandonó
la “Librería el Verso” con la sensación de dejar allí a… un amigo. Una persona
con algún tipo de corazón blando tras tanta coraza aterradora. Una persona que
le acompañó en su metamorfosis de ser humano a ser sin alma.
Al
salir de allí, comprobó que en su bolsillo se encontraba la rosa perfecta,
sonrió.
Ahora
Izan tenía más conciencia de la gravedad, del peso de su cuerpo. Se sentía
raro, como un recién nacido al que le extraña el mundo exterior al vientre
materno.
A
menudo visitaba a Allison, su amor, pero sin ser visto. Debía pasar más tiempo,
aún no era el momento. Ella estaba llena de vitalidad. Él en paz.
La
quería tanto… aún sin alma, pero con un corazón que la amaba como el primer día.
Sabía
que quizás jamás la podría hacer feliz, que quizás no podría ofrecerle lo que
ella deseaba y aún más, lo que tarde o temprano necesitaría. Aún así, todavía
podía regalarle la última rosa y así lo hizo.
La
tendió a los pies de su puerta y tocó la campana. Ella abrió esperando
encontrar a alguien. Pero allí no había nadie. Apenada viró la mirada al suelo
y allí estaba la rosa perfecta. La recogió y urgió a olerla antes que a
contemplarla. Cerró los ojos y la apretó contra su pecho. Miró en todas
direcciones en busca de Izan, pero allí no estaba…
No
sabía cómo lo habría hecho, pero aguardaba con ella la certeza de que él, la
había salvado.
Muy bueno. Y con mucho sentimiento. Seguro que habría sido un buen final para una historia un poco más larga.
ResponderEliminarMereció la pena leerlo :)