Luna

Luna
"Esta noche me encamararé a la luna, me instalaré en su cruasan como si estuviera en una hamaca y no tendré ninguna necesidad de dormir para SOÑAR"- La Mecánica del Corazón-

miércoles, 14 de septiembre de 2011

"Pero la luna estaba tan lejos como el amor..."


Era tan pequeño como la pata de una hormiga y su nombre no, no era Pulgarcito. Parecía el protagonista de un cuento didáctico infantil llamado Papelo* y no porque su cuerpo haya sido el entretenimiento de un niño hábil para la papiroflexia sino porque era frágil y delicado como las páginas de un periódico. Al ser tan pequeño andaba un poco desequilibrado cuando el viento suspiraba con ligera potencia, una simple lágrima fruto del desengaño le parecía el diluvio universal y enfadado miraba al cielo pidiéndole a Dios que por favor, fuera más original. Su piel era de un color rosa palo casi blanco, sus ojos eran tan grandes como los de un dibujo animado y su sonrisa tan entrañable como la de un recién nacido. Su voz era bajita, bajita, bajita que casi nadie podía oírlo, sus gritos eran simples murmullos en plena noche en su punto más silencioso, donde los coches cierran el hocico de sus motores, cuando los niños no acampan en los parques improvisando un derbi del fútbol español más potente…

Era un ser feliz, incluso cuando se sentía triste. A menudo se observaba a sí mismo en el reflejo de algún charco (el cuál, para él era un mar en pleno centro de la ciudad) y veía que era diferente, a su alrededor, los demás seres sobrevivían todos en manadas, en grupos… y de entre esos seres él tenía sus favoritos. Entre ellos no se encontraban ni los elefantes, ni las jirafas ¡eran demasiado grandes! Y eso le imponía tanto, tanto… le gustaban las polillas, sentía infinita devoción por esos seres que hay a quien les dan asco. Otro de sus seres favoritos eran los humanos, es más, creía que estas dos especies tenían mucho en común…

Las polillas, había aprendido desde la observación, toman por norte a la mismísima luna vamos, es su plena orientación. Además, la luna parece protegerlas, porque las incita a volar más alto, impidiendo así que impacten contra obstáculos y aprovechan mejor, pues,  las corrientes de aire que favorecen su vuelo. Sin embargo, las polillas a veces, adquieren una actitud que podríamos denominar de despistadas y confunden la luz artificial de las bombillas con la luna. Por ello es normal verlas volar como locas alrededor de la luz de nuestros hogares, comportándose como kamikaze, pues suelen morir achicharradas como consecuencia. Para nuestro pequeño ser sin nombre, al que me apetece llamar Liam, la luna era para las polillas lo que el amor para el ser humano, un punto de referencia fijo, que invitaba al corazón de las personas a actuar tal y como actuaban, a decantarse por ciertas direcciones... Muchos de estos humanos, a menudo confundían el amor (la luna) con sentimientos parecidos pero a kilómetros de distancia de serlo (las luces artificiales) y muchos de ellos, como las polillas, se cegaban por ese artificio sin poder despegar sus narices de ellos.

Liam siempre buscaba símiles a todo porque todo en la naturaleza tenía algo en común, todo, excepto él. Aunque tuviera la apariencia de un niño, vivía desde tiempos remotos, eso sí, no coincidió nunca con los dinosaurios y tampoco le hubiera gustado conocerlos. Viajaba siempre con el viento y tenía de profesión: artista. Ahí donde se lo imaginan, el pequeño Liam es el responsable de los lunares tan graciosos de las mariquitas, de las babas que van soltando los caracoles, él creó la flauta que los grillos tocan por las noches e ideó la metamorfosis, si si es un Da- Vinci en miniatura. Y era tan feliz siempre que observaba como algún ser se maravillaba por alguno de sus inventos que hasta crecía unos 5cm. Ustedes se preguntarán ¿qué le maravillará a un ser que es el causante de tantas maravillas? Pues es fácil la respuesta, la luna, lo que en su similitud anterior; el amor.

Esperaba a la luna siempre con impaciencia solamente para verla, para observar uno a uno sus cráteres, para conocerla bien y llegar a entenderla, al igual que observaba el amor y lo esperaba con impaciencia y todo lo demás… Pero la luna estaba tan lejos como el amor.

Hasta que un día, llegó a la Nasa por pura casualidad*, por el impacto de un estornudo de un hombre tan grande, tan grande, tan grande como un edificio de 15 plantas… Liam llegó a la Nasa sin saber siquiera que lugar era aquel y aún mareado de tal viaje, pues se encontraba en el norte de Alemania, un tal Neil Armstrong respiró tan fuerte, tan fuerte, tan fuerte que junto con el oxígeno y demás gases inspiró a Liam. Nuestro protagonista creyó tirarse por un tobogán infinito que desembocaba en unas piscinas de aire enormes… o bien conocidos como pulmones. De repente Liam se despidió de aquel extraño parque de atracciones por medio de un suspiro, y flotando en una especie de nave espacial, logró ver por la ventana al amor, a la luna… y al abrirse aquella puerta blanca, Liam se convirtió en el primer ser que pisó el satélite de la Tierra, a diferencia de lo que cuentan los libros de historia… 

Allí, ALUCINADO, PERPLEJO, ATÓNITO, ESTUPEFACTO, PASMADO… caminó por toda la superficie de la luna, sin quitar los ojos de ese suelo de un mármol tan especial, ni siquiera reparó en lo demás, ni en las estrellas, ni en los cometas, ni en nada… y para cuando se dio cuenta allí estaba; en la cara oculta del farolillo más bonito que se puede apreciar desde la Tierra y cuando elevó la cabeza con la boca tan abierta que casi es responsable de un nuevo cráter del satélite, se topó con… con alguien como él, como él pero diferente… parecía ser un complemento suyo. Entonces, ya no se sintió ni tan solo ni tan extraño. Además, confirmó su teoría de la similitud entre el amor y la luna, esa certeza le revoloteaba por su cabeza al observar a su semejante. Liam estaba convencido, convencido de que sus pequeños pasos constituían en sí mismos un GRAN paso para el comienzo de una GRAN historia… 

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