“Ven, acércate anda, no tengas miedo, si ya nos conocemos desde hace mucho tiempo.
Te has quedado estancada en ese escalón y necesitas salir de ahí sea como sea… sé, que piensas que la próxima baldosa está demasiado lejos y a una gran altura… a tal altura que solo el protagonista de un videojuego podría superar. Y tú no eres, ni puedes ser tan fuerte.
Ya… también sé lo que ocurrió. Ocurrió como con esas pulseras de perlas, se estiró tanto la tanza que finalmente se rompió y empezaron a perderse por el suelo todas las cuentas… a camuflarse en la superficie, a esconderse bajo el sillón y la mesa. Siempre queda alguna perla perdida. Lo sé, lo sé, así ocurrió con tu corazón. Tu corazón que aún está incompleto.
Anda, no te demores. Ve y saca aquella cajita del fondo del armario. Ábrela y coge esa sonrisa que tanto te gustaba colgarte en el rostro. ¿A qué esperas? Vamos, quítale el polvo y devuélvela a su lugar natural. No, no, no apartes la mirada… ve lo genial que te sienta. Recuerda como eras, lo fantástica que eras cuando sonreías… lo bien que te hacía sentir.
Sí, siente ese vuelco en el corazón. Ese gesto invisible pero sensible que te empuja a pensar que a partir de hoy; todo va a salir bien. Que el daño se puede borrar… basta con quererlo. El querer es la mayor fuerza, capaz de vencerlo todo, pero si ya lo sabes… yo sólo te lo estoy recordando.
Sal de este cuarto de baño a beber del mundo… a llenarte de aire, a hacer trabajar a cada fibra de tu cuerpo. Vive.”
Y así… se despidió su reflejo del espejo.

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