Era una época de continuas tormentas. Siempre en casa, encerrada en la última habitación de un pasillo infinito, donde nadie podía encontrarme… sola, con la compañía de mis recuerdos, de mi presente agónico que no paraba de maltratarme… me refugiaba en mi propio abrazo, intentaba liberarme de todo el daño vaciando mi cuerpo de lágrimas envenenadas de miedo, dolor, de ilusiones destrozadas, de esperanzas rotas... Masticando los porqués y tragándolos sin apetito.
Fueron días de frío glacial y yo desnuda, de pesadillas despierta, del horror en frente mía y yo sin armas, yo sola sin las instrucciones para pasar de fase, anclada en un miedo persistente que aún sigue allá abajo, observándome desde la calle, puedo verle reír desde mi ventana…
Yo, entonces, no necesitaba nada, nada que no pudiera darme cualquiera. Eso que necesitaba estaba al alcance de todo ser humano, sin embargo… nadie apareció por allí para hacerlo, nadie se tomó la molestia o quizás nadie se atrevió a adelantar acontecimientos. Yo solo quería una mirada directa a mis ojos, una mano en mi hombro y… una frase, unas palabras, un voz que dijera; “Todo va a salir bien” y que yo estuviera lo suficientemente cerca para escucharlas.
Siempre las esperé, esperé a oírlas, pero no llegaban, debieron haber perdido el tren que las llevaba hasta mí y tomaron rumbo a otra dirección. Entonces, me topé con mi reflejo en el espejo y comprendí que… yo era quien debía mencionar esas palabras, tenía que ser yo la que me convenciera y dubitativa lo hice. Me dije que todo saldría bien cien veces y me prometí que sería así. Por mucho que ya no pueda más… debe ser así.
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