Los recuerdos me aficionaron al pasatiempo más absurdo que jamás se haya inventado, al de preguntarme “¿Por qué?”. Cada tarde, a cada minuto, mi pregunta iba dirigida a diferentes destinatarios. A veces era yo, lo cual era bastante doloroso porque la respuesta era muy clara, no necesitaba si quiera comodín de la llamada: “Porque eres estúpida” decía con cierta convicción preocupante. Otras veces iba dirigida a Dios, a todos los Dioses, incluso a los que no existen, la respuesta: el silencio. Y a veces simplemente la pregunta jugaba revoltosa con el aire, él era su destinatario, el universo, la vida, que sé yo, todos elementos vivos y muertos del espacio. Todos ellos contestaron al unísono que era necesario. Ya era hora de que la vida me viniera dando su habitual hostia, el problema es que se le fue la mano. Simplemente todo esto era necesario, necesario para comprender que somos humanos, que nuestros actos tienen un porcentaje de acierto del 10%, que el error en nosotros es recurrente, que necesitaba abrir los ojos y ver, y empezar a soñar despierta sin almohadas que me acomoden. Y abiertos mis ojos están y las heridas cicatrizan y dejan marcas y el simple hecho de mirarlas reaviva los recuerdos y duele. Duele de una manera diferente. Por ello vendo los recuerdos al por menor, repito; no los necesito.
Luna
"Esta noche me encamararé a la luna, me instalaré en su cruasan como si estuviera en una hamaca y no tendré ninguna necesidad de dormir para SOÑAR"- La Mecánica del Corazón-
sábado, 2 de julio de 2011
Yo también pertenezco al club de los que quieren estar “desnudos de recuerdos” yo, tampoco los necesito. He perdido la cuenta de todas aquellas tardes en las que las lágrimas competían por ser las primeras en deslizarse por mis mejillas, impulsadas por el pistoletazo de salida de los malditos recuerdos. Recuerdos tan increíblemente especiales cuando su identidad era la de “presente”. En aquel entonces la vida me había presentado a la felicidad, y ambas nos dimos un apretón mano.
Los recuerdos me aficionaron al pasatiempo más absurdo que jamás se haya inventado, al de preguntarme “¿Por qué?”. Cada tarde, a cada minuto, mi pregunta iba dirigida a diferentes destinatarios. A veces era yo, lo cual era bastante doloroso porque la respuesta era muy clara, no necesitaba si quiera comodín de la llamada: “Porque eres estúpida” decía con cierta convicción preocupante. Otras veces iba dirigida a Dios, a todos los Dioses, incluso a los que no existen, la respuesta: el silencio. Y a veces simplemente la pregunta jugaba revoltosa con el aire, él era su destinatario, el universo, la vida, que sé yo, todos elementos vivos y muertos del espacio. Todos ellos contestaron al unísono que era necesario. Ya era hora de que la vida me viniera dando su habitual hostia, el problema es que se le fue la mano. Simplemente todo esto era necesario, necesario para comprender que somos humanos, que nuestros actos tienen un porcentaje de acierto del 10%, que el error en nosotros es recurrente, que necesitaba abrir los ojos y ver, y empezar a soñar despierta sin almohadas que me acomoden. Y abiertos mis ojos están y las heridas cicatrizan y dejan marcas y el simple hecho de mirarlas reaviva los recuerdos y duele. Duele de una manera diferente. Por ello vendo los recuerdos al por menor, repito; no los necesito.
Los recuerdos me aficionaron al pasatiempo más absurdo que jamás se haya inventado, al de preguntarme “¿Por qué?”. Cada tarde, a cada minuto, mi pregunta iba dirigida a diferentes destinatarios. A veces era yo, lo cual era bastante doloroso porque la respuesta era muy clara, no necesitaba si quiera comodín de la llamada: “Porque eres estúpida” decía con cierta convicción preocupante. Otras veces iba dirigida a Dios, a todos los Dioses, incluso a los que no existen, la respuesta: el silencio. Y a veces simplemente la pregunta jugaba revoltosa con el aire, él era su destinatario, el universo, la vida, que sé yo, todos elementos vivos y muertos del espacio. Todos ellos contestaron al unísono que era necesario. Ya era hora de que la vida me viniera dando su habitual hostia, el problema es que se le fue la mano. Simplemente todo esto era necesario, necesario para comprender que somos humanos, que nuestros actos tienen un porcentaje de acierto del 10%, que el error en nosotros es recurrente, que necesitaba abrir los ojos y ver, y empezar a soñar despierta sin almohadas que me acomoden. Y abiertos mis ojos están y las heridas cicatrizan y dejan marcas y el simple hecho de mirarlas reaviva los recuerdos y duele. Duele de una manera diferente. Por ello vendo los recuerdos al por menor, repito; no los necesito.
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