¿Mi afición favorita? Cerrar los ojos… cerrarlos y sorprenderme así en cualquier lugar. No importa el cuándo ni el dónde. Una mañana frente la ventana y con el sol desperezándose poco a poco e inundando con sus interminables brazos toda la habitación se presenta como una oportunidad profundamente tentadora. Y así es, cierro los ojos y compro un billete con las monedas del “quiero, me apetece” hacia el verdadero País de las Maravillas; La Imaginación.
A lomos de un caballo alado tiene lugar el trayecto. Un viaje alucinante donde no hay dolor en las despedidas, en el que al atravesar las nubes las lágrimas de agua que conservan en su interior sirven de combustible tanto al jinete como al corcel y no hace falta parar a repostar. Donde por el camino te cruzas con todos los seres conocidos, los que aún están por descubrir, los inventados y los que se resisten a ser creados por aquellas mentes con miedo al fracaso, todas estas criaturas te saludan con una sonrisa kilométrica que se expande de este a oeste y te dan la bienvenida con un abrazo de calor sorprendente.
Recuerdo la primera vez que estuve allí. Encontré a Don Quijote luchando con un molino de madera y me convenció de que había que acabar con él y al hacerlo, aún creyendo que cometíamos un disparate, vi en el suelo derrotado, desaparecer a un gigante.
También jugué a eso de contar mentiras con Pinocho y era a mí a quien le crecía la nariz.
Encontré a Peter Pan celebrando su noventa cumpleaños y me tomé un café con el Sombrerero Loco que no hacía más que hablar de propuestas e ideas razonables.
Hoy, sólo quiero pintar de naranja el mar y de verde el cielo. Quiero gritar con aquel enano de Blancanieves que no podía hablar, que me niego a creer que las cosas son lo que parecen, que haya un destino que dictamine aquello que vivimos justo antes de escoger un camino, de elegir, de actuar… Quiero hablar con Tarzán el lenguaje de los monos. Quiero encontrar a Cenicienta en vaqueros y descalza. Sólo quiero despegar de la realidad y perderme en el País de las Maravillas y olvidar que lo imposible existe y crear y crear y crear… y pasar el tiempo con los personajes fantásticos que sin duda… son lo mejor que ha inventado el hombre. Que se extingan los coches y su humo asfixiante, que desaparezcan las bombas con una explosión de fuegos artificiales, que se pudra el hambre con los términos; guerra, subdesarrollado, cáncer, maltrato, niños soldados…
Todo esto es tan posible como que Aladdin consiguió a la princesa y que un tal ratón llamado Mickey es el mejor amigo de los niños… sólo basta con quererlo.

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