Como si al abrir la ventana la palmada del aire frío en la cara hubiera empujado a dos mil kilómetros de distancia a todos mis miedos. Conseguí por fin escurrirme entre las rejas de aquella jaula y escapar. Decidió mi alma entonces, aquello de lo que hacía tiempo tenía intenciones. Y me sentí como el guerrero que deja caer la espada al final de una dura batalla. Saber que se ha cerrado un ciclo, y no tener las instrucciones del después. La incertidumbre anclada en la sien. ¿Qué camino tomar?, ¿Qué sendero abandonar?, ¿A quién preguntar?... Una vez más el destino se impone desértico e interrogante. Una vez más, cansado, arrastro los pies sangrantes.
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