La nostalgia es traicionera. Con sus ocho patas teje sigilosa, cautelosa, una red que pasa desapercibida a todos los ojos. No hay visión que esquive el producto pegajoso y simétrico de la nostalgia. Un día, mientras pasean los pensamientos y los pies reposan, tropiezan y caen en manos de esa red transparente. Intentamos escapar en vano, agitando los brazos como si nos ahogásemos en el mar. Pero no son las aguas quienes nos rodean… nos inmoviliza y paraliza esa tela fatídica. Nos envuelve poco a poco, centímetro a centímetro cada vez más lento, más fuerte… nos aprieta como un abrazo a disgusto, indeseado. Nos deja fríos y a solas. El pensamiento anticipado invita al miedo. Pues la nostalgia está a punto de devorarnos. Lo peor ya ha sido nombrado, nos paraliza, nos enfría, nos roba el tiempo dedicándolo a algún pasado ansiado y deseoso en convertirse en presente. Y en ese abrazo de la nostalgia morimos un poco, a causa, en parte, de la inyección por la espalda de los venenosos recuerdos. Morimos un poco, pues envejecemos, mientras la vida pasa y las nostalgia nos para, nos deja atrás, nos atrapa…
No hay comentarios:
Publicar un comentario