Un día lo descubrí entre mucha gente. Las personas iban y venían con la mirada anclada en el frente, no reparaban en lo demás, sólo querían llegar cuanto antes a sus destinos. Como si estuvieran poseídos seguían un ritmo frenético e imparable. Nos sentí como marcianos allí, sentados en aquel banco, mientras tu absorbías y expirabas segundos después el humo mortal del tabaco yo observaba tus manos como una niña pequeña mira y analiza de cerca su primera caracola en la playa. Nunca había visto de cerca las manos de un célebre músico, de un alocado pintor o de un soñador poeta, de un artista en fin y sin embargo, sus manos deberían ser como las tuyas; con la apariencia de una varita mágica que a la orden del cerebro logra darle forma a aquello que imagina y hacerlo real… al despegar la mirada de tus manos me topé con unos ojos grises decorados con unas fantásticas arrugas profundas que gritaban mudas; “¡¡confieso que he vivido!!”. Una media sonrisa que ocultaba caprichosa los dientes, una barba extensa pero cuidada que se me antojaba al recuerdo de una abuelo entrañable y sabio, una boina de un color intenso que iba a juego con sus pequeños ojos y un gesto incierto que nació de la estampa que tú y yo habíamos formado. Al cruzarme con su mirada, supe que aquel anciano quería decirme algo, quería hablarme de aquello que había pensado al vernos. Pero en cuestión de segundos la imagen de aquel misterioso hombre se perdió entre las prisas y urgencias de la gente, como una acuarela bajo la lluvia… sin embargo, mi cerebro había realizado automáticamente una fotografía de aquella mirada que desafiando las leyes de la naturaleza, me había hablado. Sólo tenía que descifrar aquellas palabras camufladas en el gesto de sus ojos…
Decidida, comencé a hacer la autopsia de aquellos ojos y sin duda, había experiencia… había cientos de imágenes que el anciano había almacenado, algunas agradables, otras atroces… sin embargo no sabía donde habría archivado la imagen que tú y yo habíamos creado… en ese entonces no lo sabía, pero hoy, hoy entiendo que… aquel anciano me pedía a gritos que me alejara de la tormenta de tu ser. Que eras tóxico para mí. Que tú y yo somos seres incompatibles queriendo compaginar sin éxito… los dos deseosos de imposibles, teniendo en común esa extraña manía de jugar a hacerse daño… sin embargo, hay algo que nos empuja y nos destina a estar juntos. La física ha hablado de ello en innumerables ocasiones, habla de la fuerza de la gravedad, supongo que tú guardas en algún misterio de tu cuerpo dicha energía y yo como un simple objeto pesado caigo sin dudar. En el espacio tomarías la forma de un agujero negro y yo de algún asteroide deforme y sin pertenecer a ningún sistema solar que se encuentra en frente. Y no entiendo porqué desisto de gestos sabios y miradas de horror ante tú y yo. No entiendo porqué, no entiendo porqué…
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